Crates de Eleusis

Crates de Eleusis, varias veces al mes
hace el mismo recorrido, desde donde vive,
en los arrabales de Eleusis, hasta la gran ciudad.
Atenas fluye de actividad en todos los órdenes. 
Al entrar, por donde sopla el Bóreas,
llama siempre su atención el llamado jardín de Epicuro.
No entiende muy bien en qué consiste.
Ve gentes deambular por el campo, pero
en una actitud diferente a su labriega condición.

Un día pudo hablar con alguno de los horticultores
de dicho jardín y al hablarles de los productos que cosechaban, 
le citaron la ataraxia, la aponía, la autarquía.
De vuelta hacia su casa recordaba los productos atónito.
Reconocía que se amargaba cuando no había cosecha,
Que al fin del día trabajando en su jardín, le dolía la espalda,
y que no era fácil alcanzar la autosuficiencia con el huerto.
Un sol inmenso caía encendiendo el horizonte.


Las Cicladas

A Pedro Olalla





Dejo inolvidables islas Cicladas.
Improbable pensar en retener
imágenes de inusitada belleza
que dieron luz a textos leídos,
y llena este mar de nostalgia

El barco, en su vaivén constante
de un mar que, en su azul, cielo parece,
te adormece en sueños recordando,
la que aún contemplas con los ojos,
nostalgia de ensoñaciones evocadas.
Diseminándose como fantasmas,
que cielo y mar se van tragando, 
en el límite donde confluyen los colores,
hasta que un horizonte sangriento,
cierra la vista por todas partes.

Olinto

Paseo por calles de trazado perfecto.
De la ciudad solo queda eso: un trazado.
Piedras formando muros de medio metro,
delimitan viviendas, desaparecido su esplendor.
Rico umbral de mármol pentélico adivina
un peristilo y en el suelo restos de guijarros,
que seguro formarían escenas divinas,
llevan la imaginación a complacientes
escenas de la vida interior.

Adonde quiera que mire estas ruinas,
vacías y oscuras, donde hubo gentes
que vivieron y encanecieron en ella,
estoy en su futuro que no alcanzaron a ver,
en un presente en el que tan solo la nostalgia 
permite adivinar, como fue  la vida 
en ese hoy enigmático lugar.

Es Otoño

Se reducen los días,
escaso es el calor del Sol,
se encogen las hojas de los árboles
resecas, para ser más ligero el vuelo,
hacia la nada.
Desnudando a los árboles
de sus verdes galas,
quedando escasos,
ateridos de presagios.
Ellos me miran y 
tambien advierten mi escasez,
reducido el ánimo,
hasta los ojos parecen cerrarse.
Algún trino perdido
con ansias de primavera.
Solo aumenta la nostalgia.

Las nubes ennegrecen el día

Las nubes ennegrecen el día.
Los gorriones se balancean 
en las finas ramas del arbusto.
La rosa que se ha atrevido a salir,
indecisa, busca el rumor del sol
que hace días, engañó al invierno.
A lo lejos, el murmullo del agua en el arroyo,
llega con toda la melancolía gris,
al ventanal de la tarde de enero.
Schubert, en impromptu, suena dentro al piano.
La lámpara encendida, 
rompe los grises del crepúsculo,
contraponiendo y dorando el interior.
Fuera, la rosa, envidiosa de la luz, espera,
una noche de estío con estrellas.



Pintor

Sentado en una silla de playa.
Encaramado en la duna y en la mano el arco iris, 
mira al lienzo, aún en blanco y lo traslada al paisaje.
En ese momento mágico surgen:
un cielo, sin nubes, como pintado de hierba azul,
que llega, perdiendo el color, hasta el borde del agua
y ésta, en el límite infinito, color garza grisácea.
En ausencia de nubes, surgen como espuma,
rompientes y bravas olas que llegan deshechas a la orilla.
Dos desgastadas piedras redondas, juntas en la playa,
esperan ser mojadas por las mortecinas olas.
Ensimismado en la creación del lienzo, 
levanto la vista y veo la realidad cambiante.
El agua ya cubre las piedras de la orilla.
Las olas han prestado espuma a unas incipientes nubes.
En el horizonte, entre cielo y mar azul se sitúa un barco.
En la cercanía vuela graznando una gaviota.

La escritura

Una barca metálica y tintada,
se desliza por un río de leche.
En sus orillas las silentes palabras esperan
el momento oportuno para zambullirse.
Sin saber nadar sale 
"el amarillo"
salpicando todo se agarra a la línea de la barca.
"De las hojas" 
entra en el blanco chapoteando.
La barca sigue y 
"de los árboles" 
se tira enganchándose fuerte al hilo, cuando
"en Otoño" 
nadando ágil, llega al pie del árbol.
La barca no da tregua y a un ritmo frenético salen:
"aumenta" 
"su esplendor" 
"con la luz"  
"del ocaso"...

El paso de los años

El paso de los años no ha borrado
lo extrañamente hermosos que son tus labios
cuando te beso,
viajando con ellos al pasado.
Y aún en la noche, al contemplar la luna,
siento que es liviano el peso de los años,
generosa es la costumbre,
que fabrica la añoranza disponible.
Iguales calles de igual forma transitadas.
Bellos paisajes, durante tantos días que pasaron,
pisando las hojas caídas del tiempo,
con el mismo sonido de nostalgia, 
de unos pies algo más cansados,
pero intactos de ansias y emociones,
por senderos, con deseo común de transitarlos.
Siluetas que van dando forma a una historia
que ahora somos, mirando a la luna,
preludiando el alba que siempre llega.


El presente se traga el futuro

El presente se traga el futuro a cada instante,

mientras, inútilmente, esperamos que este llegue.

Sentados mirando irse en el ocaso el día,

aguardamos que vuelva renovado al alba.

Lo llamamos mañana y cuando llega es hoy.

Carente de inquietud al presente pasado se parece,

así perdido ahora el nombre, se diluye nuevamente

en una esperanza y angustia ignoradas,

los dos fruto del engaño de los sentidos, 

el hoy lo llevan los recuerdos al olvido,

el mañana habita en las regiones de la nada.

Caen las hojas

En este otoño luminoso y cálido
donde la luz disfrazada de estío
ilumina el estremecimiento de las hojas,
ya sin verde, acariciando el aire
en un vuelo repetido y esperado,
cayendo en un abismo de silencio y ámbar
encendiendo el suelo tapizado.

Conserva mi memoria
el eco de las hojas al caer
provocando un chorro de nostalgia,
resbalando por mi cuerpo hasta los pies.
La memoria retiene, caídas ¡tantas hojas! 
¡en tantos otoños! de igual forma,
en los márgenes del camino acumuladas,
esperando un viento que las lleve,
mientras mis pasos cansados,
hacen crujir, las secas hojas 
quejándose dulce y blandamente,
sin lagrimas, por la ausencia doloridas,
del que queda desnudo nuevamente.