La ciudad contemplada desde el monte, no enseña la intención secreta que guarda confusión sin rumbo de sus calles, ambición de prosperar lejos del hambre.
Deseo de un mundo sin límite en algunos. De otros alejarse de tierras y cosechas, un aire empujó al aire los deseos, como realidad de leyenda fabulosa.
Hijo feliz del viento y de la tierra. ¿Dónde recuerdas tu otra primavera en que las tiernas hojas, juguetes eran, de las recién llegadas golondrinas?
Vuelve hoy a aquellas sombras, en busca de lejanas primaveras, a revivir tu vida de antaño, por un momento si pudieras
Agitando los rincones solitarios donde habitan telarañas y polillas, nutridos de sueños de polvos grises, por el postigo hendido del ventanuco, se filtra un sol furtivo y mañanero.
Quiere el sol mitigar la agonía, iluminando haces de recuerdos. Se fueron todos directos al olvido. Ausentes de aquellos que ocuparon llenando de vida todo el pueblo.
Efímera luz en los rincones. En flor los abandonados frutales. Con benevolencia tibia los contemplo. Afuera es espléndido el mediodía. Dentro hace tiempo llegó el ocaso
Duermen sosegados los muros. Caen sombras desde el cielo nublado, polvo gris cubre los resquicios de las piedras. El silencio con largos ecos de sonidos huecos.
No hay rasgos de vida en las paredes, donde sentados reposaban la espalda los viejos, en los días de solana y a la espera de ver cómo amarillea la luz de la tarde
La piedra nada más, bien labrada en los dinteles, sin exigir forma y talla en las paredes. fachadas grises y alguna ventana para ver cuándo el sol despierta.
Pocas hojas que el viento revuelve. Ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra. Todo envuelto en un sueño de silencio, Sin dolor, con olvido, sin ruido, como muerto.
Notables ruinosas piedras, sostén y morada de los hombres, de hiedra y yerba tan solo adornadas, sombras sois del paso de los siglos, testigos sois y recuerdo del vivir. Silencio de un mundo pasado. Todo reposa, ni la muerte acecha. Belleza tranquila de la nada.
A mitad de camino hacia las cumbres por un sendero perdido en matorrales en el que se asoman piedras solitarias dispuestas a orientar los pasos que llevan a un pueblo ya sin nombre por falta de quien lo nombre.
Solo el silencio habita las casas hundidas sus raíces en la tierra que reclama vuelta al origen préstamo que un día entregara.
No suena la campana ni a difuntos de la iglesia vieja y agrietada a no ser que sea el muerto el propio pueblo y sin campana.
Ceden las robustas vigas. Caen los muros de las casas. Escasos enseres, ya lo eran antes de partir.
En los muros quedan marcas como fósiles que recordaran que antaño hubo vida entre sus calles y plaza.
Se oye cantar a un mirlo. A lo lejos vuelan avutardas. La tersa luz de la tarde llena todo el pueblo de nostalgia.