El aire de la tarde se quema en el crepúsculo. La naturaleza del mundo se aísla por los abismos de nubes melancólicas que serpentean en el encendido fuego.
Las rosas, tímidas, languidecen a la espera, en que apagado y en rescoldos ya el fuego, la luna suave y redonda tiña en blanco, los aún umbrosos pétalos fatigados de exhalar embriagantes aromas, presagio de auroras de rocío cubridoras.
Misterioso océano donde los ríos se vacían. Las desgranadas rocas de la tierra, se entregan pesadas, al largo viaje que las conducirá a tu hondura sin fin, útero materno, recordando el origen. Naturaleza desenfrenada con la energía original.
Materia creada y agregada a otras a lo largo de su existencia sin más significado, ¡nada más! que lo que llamamos Naturaleza.
Camino a transformarse en diferente materia, donde otros componentes, otras texturas, otras durezas, otros colores, todo lo necesario para crear nuevas tierras, nuevos continentes sin nombres ni fronteras, allí, solo el aroma del nuevo paisaje impera.
Insondables océanos, agitados esperáis, a preparar oleajes y tempestades, como jamás se vieron, a regenerar y transformar la tierra con perspectivas de esplendor incesante.
Es verde la alfombra extendida sobre los campos.
Las últimas lluvias de julio nutrieron de color
árboles, matorrales y prados.
Los pájaros en abierta algarabía, de vuelos y trinos,
se adentran en el follaje y picotean
la fruta, que aún no está en sazón.
Las lánguidas brisas traen aromas
de los tardíos rosales, apresurados
por mostrarse de diferente color,
al tiempo que parecen agotarse bajo el sol tardío.
Tardes de verano con maneras repetidas.
Antes sin conciencia de su misterio,
hoy, con la extrañeza y el misterio de vivir.
Hay un canto de pájaros cercanos
entre las ramas del naranjo,
en esta hora que cae y trae la noche
a pasos muy cansados,
trayendo la sombra desde
donde antes había luz,
apagando el mundo por un tiempo
que se hace interminable
encendiendo los recuerdos
hasta la llegada del alba.
El cisne se desliza Silencioso, blanco, bello, con el cuello bien estirado, y lo dobla para dormir.
Duda la luz de la vela, al iluminar la oscura estancia, por el leve aleteo de la mano, en el gesto de encender.
Canta el pájaro en el árbol. Con melodía hermosa vibrando por el cielo. Tendiendo al sol va, sus versos, de rama en rama, a secar su rima. Ni rima, ni ritmo distingo en la rama. No se le mueve una pluma. Los poetas envidiosos, con sus plumas se apresuran, a ser los primeros en captar algún verso, ya seco, desprendido.
En algún rincón oscuro del cerebro, se han ido acumulando datos que conforman una historia de existencia, abismo en el universo de la realidad. Ancho mar, de continuo alimentado, por corrientes que llegan gastadas de tanto transitar, entre alegrías y penas, a modo de bagaje vital.
Algunos escalones, moldeados, por pisadas constantes y circulares, conducen a lo alto de la torre, desde donde, la antes angustiada mirada, se extiende y acomoda sobre la campiña que esplende bajo el azul dosel.
Atalaya natural, es la torre a falta de lomas, en el panorama castellano. Verdea aún el trigo, tachonado de amapolas, en los largos campos de pan. Los cielos invernales se rinden ante el triunfante sol de primavera, dejándolos cálidos y serenos. El trigo con ansias de llegar a fermentar, aprovecha para tímidamente amarillear.
Los pocos árboles del paisaje, bordean delimitando el camino. Cuando amarilleen los trigos, será el único verde del campo, que como río, serpenteara las mieses.
Caída la tarde y de violeta anochecida, sentado al amor del cálido fuego, con un trozo de pan en la mano, busco, atrapado en él, el paisaje.
Entre nubes apareció la luna mostrando, completo, su pálido rostro. Hizo brillar las hierbas impregnadas del trémulo y prematuro rocío. Despertó a la rosa, engañada por la luz, exhalando su fragante perfume. Captando suaves notas flotantes del himno, aun no sonoro, del albor, para lucir, la primera y más hermosa del día.