Tarde gris y con magnolias, como barcos de papel sus flores, echados a navegar en verde mar, sobresalen en la monotonía de la tarde.
Ahora llega el murmullo de la fuente, con sus perladas gotas, llenando hasta el borde, un ánfora de barro. Con entusiasmo se desparrama el agua por el suelo en pequeña inundación. Mar rompiendo sus límites. La hormiga, asustada, corre y evita ser arrollada por el tsunami.
Se abre la caja de pinturas y pinceles. Como cada día el cielo, sin palabras, va ensayando, los colores, entre sombras, que ha de darle al ocaso.
Adormecido el viento, compacto y azul, se fue cimbrando las copas de los árboles llevando en vuelo algunas aves, hojas desprendidas de los mástiles verdes que arañan el cielo, por donde entrarán, con suavidad, los rojos hilos del crepúsculo, barridos postreros por el peso de la noche.
Bosteza el agua en el remanso del río. Tornasola en ondulaciones la luz del sol filtradas por las ramas de un aliso. Mordedura lenta del fuego entre las hojas. Caleidoscopio de estío en la ribera.
El río y el árbol inician sus relatos. Agua y madera juegan en sus límites. Separada el agua, del torrente, en remanso en un baile de giros ondulados y lentos, del árbol, ensimismado en el espejo, cae, con la brisa, una hoja. Establecen en el baile, su eficaz lenguaje, de doradas palabras que las ramas filtran.
Las sombras nutren de oscuridad el bosque. En la tarde apagaban los rigores de un sol implacable en el estío. Ahora, agrupadas en oscura simbiosis, la sombra del castaño, la del roble, se solapan y añaden la del haya y el abedul.
Negra invasión, que la noche reclama. Prieto humo que el viento no disipa. Interrumpida la escala, deforma las formas. Ojos recorriendo el oscuro progresivo. Deriva a un abismo en pausa de negrura donde todo se entremezcla y diluye.
La luciérnaga pone un poco de orden. Punto fijo en la opaca oquedad, espera, que la sombra comience a derretirse, en cuchillos de luz de obsidiana, definiendo el contenido del vacío, por perladas gotas de la aurora.
El aire de la tarde se quema en el crepúsculo. La naturaleza del mundo se aísla por los abismos de nubes melancólicas que serpentean en el encendido fuego.
Las rosas, tímidas, languidecen a la espera, en que apagado y en rescoldos ya el fuego, la luna suave y redonda tiña en blanco, los aún umbrosos pétalos fatigados de exhalar embriagantes aromas, presagio de auroras de rocío cubridoras.
Misterioso océano donde los ríos se vacían. Las desgranadas rocas de la tierra, se entregan pesadas, al largo viaje que las conducirá a tu hondura sin fin, útero materno, recordando el origen. Naturaleza desenfrenada con la energía original.
Materia creada y agregada a otras a lo largo de su existencia sin más significado, ¡nada más! que lo que llamamos Naturaleza.
Camino a transformarse en diferente materia, donde otros componentes, otras texturas, otras durezas, otros colores, todo lo necesario para crear nuevas tierras, nuevos continentes sin nombres ni fronteras, allí, solo el aroma del nuevo paisaje impera.
Insondables océanos, agitados esperáis, a preparar oleajes y tempestades, como jamás se vieron, a regenerar y transformar la tierra con perspectivas de esplendor incesante.