Tierra llana de Castilla que el azul aplasta.
Verde en primavera con gotas de sangre.
En estío, la hermosura del dorado trigal,
agosta el amarillo hasta hacerlo crujir,
oculta la sed que tiene y ansias de mar.
Línea de horizonte ya tiene.
Enhiestas velas de piedra al fondo navegan,
en un cálido mar de callada tempestad.
La sombra de la noche cae de golpe.
Las luces del crepúsculo no alargan sombras
más que de la iglesia y las tapias.
El alba se presenta luminosa y fría
antes que el globo ardiente salga,
por los resecos surcos se eleva niebla
como humo del rescoldo del ocaso
y de las ramas de romero penden gotas,
que los pájaros prestos vienen a libar
antes que el sol las evapore en la nada.
Pocas gentes andando en los caminos.
Grandes tractores recogen las cosechas.
Los viejos, pocos, al sol de poniente,
calientan los huesos como antaño.
Ya el poeta dijo que sus pobres hijos
hace tiempo huyeron de sus lares.
Los ríos y tormentas, llevan lejos,
residuos del paisaje a otros lugares
mientras el sol de estío implacable,
envía sus rayos sobre los campos yermos









