Aguas del mar océano

Aguas del mar océano,

transparente gruta de la vida,

refrescante caricia de la tierra

por húmedos brazos ceñida,

vestida de plata y gasa

cuando la fugitiva luna ilumina.

En su cielo interior constelaciones

de peces brillan como estrellas.

Firmamento inquieto en su trayecto,

mareas ansiosas de llevar a lo profundo,

diminutas partículas de la tierra,

arañando hasta deshacer la firmeza,

dejando la roca desolada

volviendo al origen de su existencia.

Por los ríos te comunicas con la nieve,

en el vapor gélido de los glaciares,

aguas presurosas por llegar al vientre,

a mezclar el infinito material transparente,

reservado a generar nueva vida,

en un ciclo que no muere.

Adagietto

Unas notas del arpa, inician

el Adagietto de la 5° de Mahler.

Lento en el Adagio, van apareciendo notas,

como la luz crepuscular sobre el agua en movimiento

que se deshace en esquirlas iluminadas 

y que forman el haz del sol en el momento oscuro de las horas,

al final, en el límite del día.

Juntas las notas van formando melodía y las cuerdas,

melancólicas, arrastran y lo envuelven todo,

en un paroxismo de los sentidos, 

desposeídos de luz. 

Solo iluminan los sonidos.

Partenón


Los silentes calcáreos peldaños,
la tenue luz inicial (apenas nacida),  
la fresca y suave brisa matinal,
acompañan mi subida iniciática
por los graderíos propíleos,
hacia la morada de la diosa en la tierra.

Busco huellas de otros pasos
guiadas por incomprensibles
compromisos divinos, 
que a lo largo de siglos, 
aumentaron las humanas penas.

Pétrea naturaleza,
nacida lentamente en pretéritos mares,
arrancada del erguido Pentélico,
transformada por el terrenal Pericles.
en un mar de espuma marmórea,
modelada en la más sublime belleza,
que ojos puedan contemplar.

Mar sin brisas,
sin olas, sin azul…
detienes mi subida en el último peldaño,
para aspirar el aroma,
evocación del mar original.

El destino está más arriba
en el bosque lítico que albergó 
a la guerrera letrada.
El añil celeste, da paso lentamente,
a la cúspide del frontón desvalijado,
que la belicosa diosa no defendió,
Y la vista desciende,
desde la cúpula de los árboles dóricos,
hasta su base,
arrastrando los párpados,
para atrapar 
¡tanta hermosura acumulada!.
 

Se rompió el atardecer

No supe cuando se rompió el atardecer.

Algunas esquirlas doradas mostraron,

sin que hubiera continuidad, 

que el sol cansado, como diariamente,

había cruzado el invisible ocaso.

Sin fuerza de fuego las velas se apagaron

como luces mortecinas envueltas en una niebla

tan cerrada, que parecía el cielo a ras de tierra.

Pegada al cuerpo como el mar cuando

en verano te sumerges en sus aguas.

Sin ver más allá del gris. 

Ciego a  todo.

La vista trocada en tacto, ahora,

extrae de la memoria objetos conocidos.

Solo los sonidos se trasmiten por el gris.

La mano acciona la manilla de una puerta.

Adentro luces encendidas iluminan

delimitando los contornos de las cosas.

Al cerrar la puerta una tenue nube gris

se va lentamente disolviendo en el aire.

Suelta la nube

Suelta la nube, libre en sus contornos,

pasa ligera rumbo a disiparse,

ser tragada por la luz, que la ilumina,

por la tierra que la crea, cuando

el sopor del sol, arde el húmedo bosque

incendiando de humo toda la fronda,

desguazando el agua indefinida

en figuras de formas distraídas.

Incluida en la vastedad del paisaje,

en el invertido mar navegas.

Imponiéndose un azul intenso,

tendido hacia su propia calma.

La luz ajada del otoño, tornasola

en el ocaso, los límites de tu forma.

La Balu

La rama florida del cerezo

Anima al pájaro a posarse

Balbucea un suave trino

Antes que el sol se asome.

Luego, con el pico, hurga 

Una flor cercana

extrayendo néctar y aromas.

Satisfecho, mira la rosada

y resplandeciente aurora,

y entonando su mejor canción

abre las alas en un abrazo

al nuevo día.

No es muy frecuente que en un centro capilar se interesen por la poesía. En La Balu sí, así, Vero, me encargó un poema para ponerlo en la pared y surgió con un acróstico en el comienzo de los seis primeros versos.

Hasta que la luna emprenda…

Hasta que la luna emprenda su nocturno vuelo

permaneceré contemplando cómo platean

las finas ramas desnudas del abedul.

Hasta que la luna cruce, sin mojarse,

el cauce del río que lleva apresurado su carga,

contemplando estaré, en la orilla, 

su plateado vaivén y su susurro.

Hasta que la luna caiga, por el borde oscuro del monte,

al otro lado, enigmático, para empujar a la aurora,

esperaré con la nostalgia teñida como frutos plateados de la luna,

a los sabrosos frutos dorados del sol.

¡Qué sería si no existieran las palabras!

¡Qué sería si no existieran las palabras!.

Si el árbol no tuviera nombre,

ni la flor el suyo cuando queremos,

en su explosión primaveral,

describir su color y su aroma.

Si no pudiera nombrar 

el recuerdo del calor de la arena, 

cuando tumbado,

contemplo al atardecer la mar.

Las olas, sin su nombre, seguirían

en su ir y venir constante para

hacerse más pequeñas, al fin

de acariciar suavemente la orilla.

Se quedan solas cuando no las nombramos,

en un silencio, soledad sin nombre.

Hoy he visto una palabra, sola, sin rumbo,

libando, como mariposa, el néctar anónimo,

de una realidad desconocida.

Es invierno en los árboles

Es invierno en los árboles.

Los pájaros traen, en sus picos,

primicias de primavera,

que el aire se lleva 

porque no es tiempo aún,

de calentarse la tierra.

En un recodo del camino,

entre helechos y madreselva

unas prímulas amarillean,

como un fogonazo iluminando,

tanto verde de las yerbas,

que mirando sorprendidas dicen:

no es tiempo aún de primaveras.

Las luces del crepúsculo doran

las crestas desnudas de los árboles,

conteniendo el aliento suspiran,

por las últimas fronteras de la tarde.

Lentamente van las sombras

colgándose en silencio,

de las ramas de los árboles.

Breves gestos, casi invisibles,

para los ojos habituales.

Tras los nubarrones

Tras los nubarrones otras nubes acechan

El murmullo de la brisa nos lleva

al fondo de la tarde, sin mover hojas,

sin decir nada. Muda y callada,

repite la historia contada:

No hay muertos abandonados.

Tapiz de hojas secas que pisamos,

quejido al caer gotas de lluvia derramada,

lágrimas clandestinas que no sofocan

el dolor prohibido durante ¡tanto¡

Debajo de las hojas, tierra removida,

con angustia del uso inmediato,

empapada de sangre vibrante,

tapada con losa de silencio,

donde no se oye el canto del mirlo

en los atardeceres destinados,

apelmazada por el agua de lluvia,

aplastando restos de vidas truncadas,

que la muerte vestida de azul oscuro,

con la luz del crucifijo, para ahuyentar

otros males, visitaba.

Muertos bajo el aullido de los lobos

El agua no lavó la maldad que queda,

se infiltró a refrescar las frentes

de los que, un día, sin vida se quedaron,

alguna gota es lágrima por alguien derramada.