Árboles

Por mucho que me adentre en la espesura

no acierto a comprender

¿Qué me dice el roble cuando

me apoyo sobre su robusto tronco?

No entiendo al haya y sus hojillas

tiernas en primavera, bailando

al son de de una silenciosa música

orquestada por una imperceptible brisa

El laurel que encierra a Dafne y sus laureles

gloriosos para las sienes del atleta.

El misterioso tejo, envuelto en nubes

de lo incomprensible para el hombre.

Al ginkgo atesorando tiempo,

¡tanta sabiduría  de lo vivido!

Quiero comprender su mensaje

escrito en sus hojas, lo pierdo cada otoño

sin entender el lenguaje…

Pella

Camino lentamente sobre las losas
en la calle principal de la que fue Pella.
Los soportales del Ágora no me brindan sombra
El mar queda ahora lejano,
cada vez más lejos rompen las olas,
ansiosas por llegar a la orilla perdida.
No oigo el roce del agua en la playa.
No hay naves, de curvada quilla,
que golpeen los amarres sobre las maderas.
La tierra ha ganado al proceloso mar
inundándolo de cascotes, esplendor 
de las montañas circundantes.

Busco el fulgor de otros tiempos
en estas gloriosas ruinas de Pella,
donde se celebraban los éxitos de conquistas
y la destrucción de otras ciudades.
Y todo queda en nada, 
montones de cascotes del derruido  imperio,
colmatan y reducen el mar de la historia.

La soledad

La soledad inmensa de la tarde,

del metálico invierno declinando,

muestra gotas de lluvia que cuelgan

del castaño sin hojas en la vereda,

monótono orvallo, insistente agua,

viento que mueve la húmeda niebla.

Reflejos de mar tienen los suelos 

mojados, ventanas abiertas a batir

de olas, que los pájaros imitan con las alas

mirándose en los charcos buscando

luces ocultas del negado poniente.

Invierno cansado y en lluvia postrado,

musgos persistentes envueltos en verde

perlados de gotas y una hoja caída,

del castaño y a destiempo, dormida

ha quedado sobre el acuoso verde.

La primavera vendrá tiñendo los recuerdos

grávida de flores y de hojas verdes.

X Igual

¡Alocada letra!

No supe de tu existencia, 
en los felices años de la infancia, 
hasta que las profesoras, mandonas, 
y exigentes, con su aire terrorífico
como venidas de otro mundo,
te colocaron sobre el balancín del columpio.

Ellas lo llamaban quebrado
y desde aquel momento fueron apareciendo
nuevas palabras, 
venidas de no se qué otro mundo:
Ecuación, incógnita, despejar, sistema…

¿Qué alocada existencia la tuya!
Colocada siempre en diferentes sitios:
Arriba, abajo, sola, elevada,
multiplicada, sumada, restada, dividida…
y al final, despejada.
Y por fin, dejando de ser tú
O quizás siéndolo de manera más concreta,
valorada.

Llegado a este punto, 
Siempre quedé pensativo.
¡que complicación! Y que poca diversión, 
para jugar al escondite.

La noche arrastró los metálicos astros

La noche arrastró los metálicos astros
descendiendo por la ladera 
del otro lado del  monte, para 
dar paso a un viento precursor
de la alocada Aurora, sonrosada,
arrastrando el día y aproximando el cielo
Descubriendo lo negro de las sombras,
que la noche ayudo a ocultar,
muchas corren y desaparecen
perdiendo su oscuridad,
y donde estaban, sin recordar cómo era,
aparece claridad, 
¿sombras luminosas?

Los límites se extienden ampliando el espacio.
Adornando el silencio de los bosques,
inician su canto los pájaros.
El rocío amanece encendido de luces.
Van destacándose, setos, árboles, casas...
Veo llenarse de todo lo que la noche negó.
El día es firme y apuntala sus colores.
El estruendo del sol me azota la cara.
Y me siento surgir entre las cosas. 

El amanecer ha pintado un nuevo día.

 

La Mancha

La vida me trajo a estos lugares
donde solo hay llanura y cielo,
donde las luces del ocaso,
colman con creces el día,
derramándose en lilas 
desde el horizonte plano.

Dorados rastrojos,
descanso del sol al brillar.
Ocres tierras labrantías,
que dan color al vino,
robustez al tronco del olivo,
y rubor a la amapola en primavera.

Inmóvil, el pastor, otea lejanías,
único habitante en leguas.
y con dulce ironía pregunta:
¿Tan mu hondas las aguas?
acostumbrado a no verlas en el paisaje.

Cauces secos cansados a la espera,
de un agua, que no barrunta llegar,
mineral guardado en las entrañas,
a la espera que la tierra por sus ojos llore.

Mirando, mis ojos, no ven montes,
erigidos en la violeta matutina,
alguna suave ondulación al horizonte.
Escasos árboles, perdido el verde
que mana de los recuerdos,
palabras que surgen y no son válidas,
otras, hermosas, todo lo nombran,
y se van adentrando en mi, mientras
respiro los aromas desconocidos,
que me embriagan en un nuevo paisaje,
en donde ya me encuentro sumergido.

El ocaso ha dado paso al frío.
Como seda se van extendiendo las sombras.
Por las calles de la Ossa nadie pasa.
Algún resquicio de luz se entrevé.
Olor a sarmientos quemados en la chimenea,
auspician el calor de dentro.
Solo tierra, sombras, astros en el cielo,
hacen la geografía desnuda de la noche.
A resguardo todo, como el agua en el subsuelo.
 

Escaso

Hoy, el día, ha amanecido escaso de luz,
la aurora, sin miramientos, lo ha entregado
y el sol aún se está despertando.
Exiguos también los trinos de los pájaros
que al primer canto lo han dejado.
Sin miramientos la niebla va poblando
todo el valle y se agarra a la montaña,
arrastrando los sonidos.
Ahora solo escucho a la nostalgia
que se instala porque es su medio.

Para que luego digan que los días
no empiezan condicionando...

Fúlgido reflejo

El orbe extendido en el abismo
la noche serena y calma.
Sobre el mar un camino plateado,
sin final o destino establecido,
en continuo movimiento,
ímpetu de encuentro de olas y espuma,
nacidos del mismo esplendor.

Desde la orilla, fúlgido reflejo,
contemplo el halo sobre las aguas,
el silencio presente me rodea,
callados los astros navegan en sus aguas.
Noche de universo en movimiento.
Asido a un punto firme, pero 
náufrago en la noche estrellada,
aferrado como un ancla en tierra,
con nudo fuerte de vida, miro.

El olvido natural del día

En el olvido natural del día

la luz cae en las crestas de los montes

encrespándose como oscuros muros,

después del espectáculo brillante,

en la profundidad ilimitada del tiempo.

Por los caminos desvanecidos

llegan olores oscuros del bosque,

resuena aún el sonido de pasos cansados.

Aún hay calor en la pradera.

A expensas del tiempo, unas vacas, pastan

indiferentes al avance de las banderas de la noche,

del río mana aún claridad y el sonido del agua,

se une al gorjeo de los pájaros en las ramas.

Es la emoción del orden.

Un vacío inmenso de la vida que se acaba.

En la eternidad de nuestro instante

En la eternidad de nuestro instante
cada uno mira a solas, 
abismando entre los recuerdos, 
finta de la memoria complaciente,
en busca de enigmas ignorados.

Balanceo en la acuosa Estigia.
Suave evasión de los contornos,
Elocuente fluir de los sentidos,
Células, átomos y miembros todos,
Huyendo del hontanar reseco.

Imposible ya el retorno
a claridades perdidas,
la luz del morir es de ocaso
sin un alba de esperanza,
no hay mañana presentida.
Sueño y realidad mezclados
En unidad con la nada.