Estagira

A  Ángeles G. Weruaga

La última brisa de la tarde
encrespa la mar en diminutas olas,
pintando el azul continuo 
con laminillas blancas,
como pétalos caídos en primavera.
Las hojas de un olivo muestran al unísono
el envés, adornando la mirada.
Exiguo espacio, delimitado por piedras,
huesos que el tiempo ha preservado,
oculta pasos, perdidos, sin sonido ya,
del que su vida dedicó a marcar huellas.

Sentado sobre una de ellas,
contemplo el mar junto al olivo,
entre sus ramas, me acompaña un mirlo
con su alocado canto del atardecer,
y acaricio, con nostalgia, un guijarro.

Agrigento

Fascinaste a aquellos que,

desplegando velas

por las saladas aguas,

navegaron hacia lo desconocido

hasta que,

exhaustos y deslumbrados

por tus acantilados blancos,

acercaron a la costa

cóncavas naves

empapadas ya sus maderas.

Deudores de los dioses,

tallasteis fosilíferas rocas

elevándolas majestuosas

construyendo así,

una arquitectura votiva,

grata a los insaciables destinatarios.

¡ Esfuerzo humano

para satisfacción divina !

Paisaje de la Mancha

Paisaje viejo, gastado, plano
donde la naturaleza se da un respiro
a otros tiempos de fatigas.
Todo consumado.
Lanzo la vista y el horizonte se aleja
hasta infinitos e inimaginables lugares.
Tierra rojiza, de pedregales,
donde hombres, también duros,
han sabido escucharla y, con esfuerzo,
extraer la abundante riqueza que atesoraba.

Un chozo blanco en la viña
refleja el sol del atardecer, como
un  espejo que quisiera reproducir
hasta el infinito, la aplastante luz
de estas tierras; en el, ahora 
se apoyan, viendo irse al astro,
hombres callados, --todo ya dicho--,
cansados de mirar sin saber adonde,
terrosos como la viña, duros
como el pedregal, resignados
como lo está la vid esperando
que alguna nube descargue,
sobre sus resecos sarmientos.

Algún día volverán a surgir,
nuevas montañas, nuevo
paisaje, nuevas ilusiones,
nuevas contemplaciones
en un atardecer, cálido,
donde el horizonte se acerque
y haya donde posar la vista,
despidiendo al mismo sol.

Niebla

Empujada por un suave viento
penetra por el valle, 
imparable, espesa, opaca
creando un mundo misterioso
al disolverse en el bosque.

Llegan ecos ancestrales
al silencio inquietante 
del roce de la niebla con las hojas.
Un olor a humedad 
despierta los sentidos de los líquenes
que se preparan al festín.
Los árboles
acostumbrados a la finísima seda
se dejan envolver.
Los pájaros
miméticos y quietos
se acurrucan y esperan
los luminosos haces de sol
atravesando la fronda.

Mármol de Paros III: La travesía

Después de que el sol alcanzara el cielo,
surgido del horizonte del mar en calma,
iluminando todos los rincones de la isla,
las dos pentecónteras inician su delicada travesía.
Hundidas hasta el borde por el peso,
el mar las acoge  gustoso en su azul.
Con fuerza los pulidos remos, empujan 
la cóncava nave hacia el infinito mar.
Tranquila y lenta es la navegación.
Hinchadas las velas hasta el límite.
Solo el golpear de los remos suena.

Estelas cansadas dejan las naves.
El cielo va cubriéndose de raudas nubes.
Ráfagas tremendas hacen bramar las velas.
Se aterran los remeros y la nave se agita,
las olas rompen espumosas contra el casco.
Sobrepasan las olas la regala de la nave.
En poco tiempo el casco se llena y se hunde.
Flotando quedan los supervivientes
auxiliados por la otra nave. Ateridos
y aterrados confían en que la petecóntera aguante.

Los esforzados remeros, asustados y alejados
de tierra firme, solo en el mar apoyados, 
ven en la nueva situación, 
posibilidades de ser sustituidos en el remo,
por los rescatados de la hundida nave.
Los responsables de barco, aseguran
los amarres del blanco bloque de mármol.
Y las nereidas, en el fondo, en tremenda bataola,
celebran haber arrebatado a la diosa,
parte de las tejas del ya afamado templo.

Mármol de Paros II: Descifrar el enigma

El mundo conocido es lo que alcanza
la vista, sentado desde la  atalaya
desde donde aprendió a mirar el mar,
encrespado cuando sopla el Céfiro.
Ahora el azul se extiende calmo a sus pies.
En el puerto se afanan en la carga de las naves.
Han traído arrastrados por rodillos 
blancos bloques extraídos de la cantera.

¿Adónde los llevan las magníficas naves?
¿Qué lugares, en el ignoto mar, hay
que necesiten de estas brillantes piedras?

Su padre, esclavo en la cantera,
le ha dicho que de ellos salen figuras y  
elevadas columnas en grandes templos.
Lentamente ha bajado hasta el puerto.
Distingue, sudoroso, a su padre tirando.
Se acerca lo  más que puede y le dejan
al reluciente bloque de mármol y quiere
distinguir, en lo informe, algún indicio 
que le diga, cuál es el destino que lleva.

Mármol de Paros I: Cantera

Bien calibradas naves, con su robusta quilla,

cortan un mar que se confunde con el cielo

a la búsqueda del codiciado material.

El mar con su delicada espuma, decían,

se ha petrificado formando un blanco monte.

En la isla nunca antes habían visto un barco así:

Espléndido velamen y armoniosos remeros,

gentes con bellas túnicas en cubierta.

Los parios contemplaban en la orilla el prodigio,

que siguieron, admirados, hasta la cantera.

Allí midieron, observaron pasando la mano

sobre los blancos y brillantes bloques

de espuma originaria, movidos por andrajosos

esclavos ajenos a la belleza bruta

que encierran esos bloques aún sin talla.

Los compradores miden y calculan 

cuántas tejas, saldrán de ellos para completar

la cubierta del templo a la diosa en Atenas.

.

Pérdida del paisaje

Busqué en las montañas

sus secretos más íntimos,

sus mensajes tan crípticos,

pero perdí el paisaje.

Indagué en los restos

de animales pretéritos,

que dejaron sus bellas instantáneas pétreas,

para enseñarnos cómo era su vida,

pero perdí el paisaje.

Rocas mostrando íntimas marcas

de catástrofes, inundaciones,

ondulaciones de las mareas,

restos de idílicas playas nunca vistas,

pero perdí el paisaje.

Levanto la cabeza de esos

paisajes petrificados, que

no podré disfrutar,

para recuperar el perdido,

el que realmente me permite

escribir esto.

Restos de un naufragio

En la oscuridad,

bajo la anchura de la noche,

cruzamos un mar de miedos,

con aguas abismales, donde flota

el baúl sin deshacer del tiempo,

de donde salen sonidos en forma

de palabras sueltas, como cenizas de frases.

Imágenes que no definen paisajes,

olores y sabores entremezclados,

atropellándose unos a otros,

formando una realidad desconocida

fruto de una lejanía arrastrada,

que llegara indescifrable a la orilla,

como cualquier resto de naufragio.

Luna

Cuando la mariposa

oscura de la noche

va envolviendo todo

en su aletear sin freno,

aparece en el horizonte

serena, inquietante,

iluminando hasta donde

la penumbra deja,

con una luz prestada

fría y enigmática.

Empequeñecida

sigue su no trazada senda,

dispuesta a alcanzar

al que tanta luz le sobra

desapareciendo

detrás de la montaña.

Cansada del camino

va perdiendo el rumbo

y cree perder el rostro,

derritiéndose como a Ícaro las alas

en su afán de acercarse

al que lo ilumina todo.