La Balu

La rama florida del cerezo

Anima al pájaro a posarse

Balbucea un suave trino

Antes que el sol se asome.

Luego, con el pico, hurga 

Una flor cercana

extrayendo néctar y aromas.

Satisfecho, mira la rosada

y resplandeciente aurora,

y entonando su mejor canción

abre las alas en un abrazo

al nuevo día.

No es muy frecuente que en un centro capilar se interesen por la poesía. En La Balu sí, así, Vero, me encargó un poema para ponerlo en la pared y surgió con un acróstico en el comienzo de los seis primeros versos.

Hasta que la luna emprenda…

Hasta que la luna emprenda su nocturno vuelo

permaneceré contemplando cómo platean

las finas ramas desnudas del abedul.

Hasta que la luna cruce, sin mojarse,

el cauce del río que lleva apresurado su carga,

contemplando estaré, en la orilla, 

su plateado vaivén y su susurro.

Hasta que la luna caiga, por el borde oscuro del monte,

al otro lado, enigmático, para empujar a la aurora,

esperaré con la nostalgia teñida como frutos plateados de la luna,

a los sabrosos frutos dorados del sol.

¡Qué sería si no existieran las palabras!

¡Qué sería si no existieran las palabras!.

Si el árbol no tuviera nombre,

ni la flor el suyo cuando queremos,

en su explosión primaveral,

describir su color y su aroma.

Si no pudiera nombrar 

el recuerdo del calor de la arena, 

cuando tumbado,

contemplo al atardecer la mar.

Las olas, sin su nombre, seguirían

en su ir y venir constante para

hacerse más pequeñas, al fin

de acariciar suavemente la orilla.

Se quedan solas cuando no las nombramos,

en un silencio, soledad sin nombre.

Hoy he visto una palabra, sola, sin rumbo,

libando, como mariposa, el néctar anónimo,

de una realidad desconocida.

Es invierno en los árboles

Es invierno en los árboles.

Los pájaros traen, en sus picos,

primicias de primavera,

que el aire se lleva 

porque no es tiempo aún,

de calentarse la tierra.

En un recodo del camino,

entre helechos y madreselva

unas prímulas amarillean,

como un fogonazo iluminando,

tanto verde de las yerbas,

que mirando sorprendidas dicen:

no es tiempo aún de primaveras.

Las luces del crepúsculo doran

las crestas desnudas de los árboles,

conteniendo el aliento suspiran,

por las últimas fronteras de la tarde.

Lentamente van las sombras

colgándose en silencio,

de las ramas de los árboles.

Breves gestos, casi invisibles,

para los ojos habituales.

Tras los nubarrones

Tras los nubarrones otras nubes acechan

El murmullo de la brisa nos lleva

al fondo de la tarde, sin mover hojas,

sin decir nada. Muda y callada,

repite la historia contada:

No hay muertos abandonados.

Tapiz de hojas secas que pisamos,

quejido al caer gotas de lluvia derramada,

lágrimas clandestinas que no sofocan

el dolor prohibido durante ¡tanto¡

Debajo de las hojas, tierra removida,

con angustia del uso inmediato,

empapada de sangre vibrante,

tapada con losa de silencio,

donde no se oye el canto del mirlo

en los atardeceres destinados,

apelmazada por el agua de lluvia,

aplastando restos de vidas truncadas,

que la muerte vestida de azul oscuro,

con la luz del crucifijo, para ahuyentar

otros males, visitaba.

Muertos bajo el aullido de los lobos

El agua no lavó la maldad que queda,

se infiltró a refrescar las frentes

de los que, un día, sin vida se quedaron,

alguna gota es lágrima por alguien derramada.

Entre sombras, a la espera

Antes que se extinga su mañana

el hombre detiene sus pasos

para penetrar en el corazón del tiempo

y ver cómo éste huye como sombra,

que el crepúsculo levanta, por un sol

sin promesa de un feliz mañana.

Entre sombras, a la espera,

que cierta luz y no del Alba, 

llegue a disipar la niebla.

Tirando de su carro el alba

Tirando de su carro el alba

viene repleta de ilusiones,

cascadas de palabras,

prestas las bocas a recogerlas

para dar  forma al sueño

juntadas como nubes

que el viento agrupa,

para descargar en tropel

a la tierra ansiosa y reseca.

Es el comienzo de todo,

Yendo más allá de nuestros sueños,

haciendo realidad todo lo ansiado.

Los muros alargan su sombra

El ocaso va recogiendo,

la caída de la tarde

que apaga suavemente la luz.

Un telón cayendo de improviso,

anuncia el final del último acto.

¡No está aún dicha la última frase¡

La oscuridad va arrastrando las palabras,

solas, revueltas, sin destino.

Las grietas del tiempo las sumerge,

en un rescoldo a la espera,

que una brisa con la aurora,

como pétalos dulces y ligeros,

avive el fuego primigenio,

que ilumina nuestros sueños.

El mar

Tendido al lado de tu espectáculo

me llega el salado de tu azul transparente

diluido en el aire que me acaricia.

Los blancos me mecen al vaivén de las olas

y estas, exhaustas, llegan rendidas y silenciosas a la orilla.

En el horizonte, lleno, inmenso, infinito

la ruidosa inmensidad cabalgando,

estallando los belfos desbocados,

en espumas horizontales, 

que acosan al ardiente amarillo.

Insistente multitud de mar.

Infinito movimiento…

inmensa vasija en cuyo borde contemplo

el fuerte bóreas y la luna saliendo…

Ponto

He llegado a las orillas del Ponto.

Surgen de la mente imágenes, 

que condicionan mi mirada.

Navegando y entre lágrimas,

el poeta creó bellos versos

que el Aedo podría haber cantado.

Calmo. 

Como en un vaso, el agua llega a la orilla

casi sin romper. Entera. Quieta y callada.

Eolo, no manda al frío Bóreas, 

ni al Noto que contrasta con el gélido.

Quieto el Euro en su Oriente,

retiene al suave y blando Céfiro en el ocaso,

propicio para navegar a remo,

con el impulso rítmico de brazos,

acompasados por la lira tracia.

No he sumergido los pies, por miedo a romper

las imágenes falsas trasmitidas.

Miro al horizonte, por si el Argo aparece, 

con sus ensambladas maderas parlantes de Dodona,

en su viaje, adonde los carneros

tienen los vellones de oro.

Negro

Ponto Euxino prefiero. !El hospitalario¡

La mente, se queda en el horizonte,

entre un barco mercante y un transbordador.

En la orilla azules sombrillas brindan tibia sombra.

Hamacas, como parrillas, tuestan los cuerpos al sol.

El Argo se demora. No oigo tocar al Aedo.

Seguiré esperando, a lo lejos, el vellón brillar…

Varna Junio 2017

La luz de la nada

Creía que era el alba,

empujando con su luz tras la ventana.

Las ramas temblorosas del cerezo,

esparcían sus blancos aromas, 

que no llegaban hasta donde estaba.

También le pareció ver la alondra,

cantando y elevándose en la mañana.

El lucero, como un punto vivo, flotando,

se diluyó con la luz intensa, 

en la afinidad del alba con la nada.