Aún no finalizaba el otoño
y un viento fresco cruzaba,
como un chorro húmedo,
por el puente sobre la calle líquida.
El sol, lanzando sus rayos de despedida,
encendía, la torre de Santa María Formosa
y el campo a sus pies, se llenaba
del jolgorio de niños correteando,
con el límite: hasta que florezcan en el cielo
los astros de la noche.
Sentada y la espalda apoyada,
en la fachada de la iglesia,
la mirada perdida al otro lado del canal.
Con sus oídos mira la ventana ojival,
que se abre desbordante de sonidos.
Dentro, iluminado por grandes velas,
un largo de violonchelo y continuo de Gabrielli,
provoca en los ojos, abiertos en vano,
la magia de la música,
y se desliza una lágrima, no vista.
Al fondo del canal se aleja una góndola,
dejando una estela y el agua en movimiento,
donde flota el dorado de la luz ojival,
con los últimos sonidos que el cello deja.
Como hojas de los árboles en otoño
caen los versos sobre el blanco poema,
llenándolo, en muchos casos,
de enigmático y definitivo resultado.
Hojas de los árboles
caen sobre el blanco poema,
Llenándolo
de enigmático resultado.
Hojas
sobre el poema
llenándolo
de resultado.
Hojas
poema
resultado
Po
e
ma
Camino lentamente sobre las losas
en la calle principal de la que fue Pella.
Los soportales del Ágora no me brindan sombra
El mar queda ahora lejano,
cada vez más lejos rompen las olas,
ansiosas por llegar a la orilla perdida.
No oigo el roce del agua en la playa.
No hay naves, de curvada quilla,
que golpeen los amarres sobre las maderas.
La tierra ha ganado al proceloso mar
inundándolo de cascotes, esplendor
de las montañas circundantes.
Busco el fulgor de otros tiempos
en estas gloriosas ruinas de Pella,
donde se celebraban los éxitos de conquistas
y la destrucción de otras ciudades.
Y todo queda en nada,
montones de cascotes del derruido imperio,
colmatan y reducen el mar de la historia.
¡Alocada letra!
No supe de tu existencia,
en los felices años de la infancia,
hasta que las profesoras, mandonas,
y exigentes, con su aire terrorífico
como venidas de otro mundo,
te colocaron sobre el balancín del columpio.
Ellas lo llamaban quebrado
y desde aquel momento fueron apareciendo
nuevas palabras,
venidas de no se qué otro mundo:
Ecuación, incógnita, despejar, sistema…
¿Qué alocada existencia la tuya!
Colocada siempre en diferentes sitios:
Arriba, abajo, sola, elevada,
multiplicada, sumada, restada, dividida…
y al final, despejada.
Y por fin, dejando de ser tú
O quizás siéndolo de manera más concreta,
valorada.
Llegado a este punto,
Siempre quedé pensativo.
¡que complicación! Y que poca diversión,
para jugar al escondite.
La noche arrastró los metálicos astros
descendiendo por la ladera
del otro lado del monte, para
dar paso a un viento precursor
de la alocada Aurora, sonrosada,
arrastrando el día y aproximando el cielo
Descubriendo lo negro de las sombras,
que la noche ayudo a ocultar,
muchas corren y desaparecen
perdiendo su oscuridad,
y donde estaban, sin recordar cómo era,
aparece claridad,
¿sombras luminosas?
Los límites se extienden ampliando el espacio.
Adornando el silencio de los bosques,
inician su canto los pájaros.
El rocío amanece encendido de luces.
Van destacándose, setos, árboles, casas...
Veo llenarse de todo lo que la noche negó.
El día es firme y apuntala sus colores.
El estruendo del sol me azota la cara.
Y me siento surgir entre las cosas.
El amanecer ha pintado un nuevo día.