A Santiago Lanchares
Hilanderas nocturnas
que tejéis los humanos destinos,
sin necesidad de luz,
dejándonos sin ella a vuestro antojo.
Láquesis hilando sin descanso
mientras Cloto enrollaba el hilo.
¡Que grato y suave me parecía vuestro hacer!
Tardé en darme cuenta
del brillo de las tijeras de Átropos
en este prematuro atardecer,
en que un tenue sol ,
me trae vuestra apoltronada imagen pétrea,
mutilada, donde el frío de vuestros mantos refleja,
que también a vosotras os llegó un día el final,
desposeídas del sublime lugar que ocupabais
en la arquitectura de vuestra existencia.
Las Moiras del frontón Este del Partenón de la Acrópolis en poder el Museo Británico en Londres.
Siento la noche inmensa gravitar
en el profundo de los recuerdos.
Entre ramas oscuras movidas por los sueños
aparecen inermes los momentos.
Desde el alba, en los orígenes,
casi imperceptibles en la lejanía,
hasta el último acaecido que
se apresura a buscar su sitio
cercana y aún reconocible.
¡Frondoso bosque mío!
Todo lo vivido,
entre claridades y sombras,
camino intransitable ya.
La luz en tus oquedades,
hasta donde el recuerdo deja,
adentrándose en valles.
en cuyas laderas se mueven las sombras,
hasta que aparece el río, la pradera
y los verdes alisos limitando la ribera.
El sol, cada mañana,
envidioso de la aurora rosada,
revuelve sus cabellos, cuando esta,
dulcemente los peina
en la luminosa alborada.
Pájaro dorado por el cielo,
encendiendo mil luminarias,
aún pelos rosados flotan en el aire,
que luego transforma en rojos
de un ocaso sangriento.
Como gota de sangre sobre el trigal
sola en medio del ardiente amarillo,
elegiste retardar tu estancia.
Ya pasaron los verdes trigales
inundados de rojos.
Tu decidiste agosto y sola,
con todo el amarillo mar para ti.
Contemplo tu balanceo,
frágil, suave, delicado.
La puntual aurora
añade un ligero color morado
al rojo de tus pétalos.
El rojo intenso del mediodía,
lo engrandece el sol.
En el ocaso, pierde intensidad
y tiemblan, con temor, los pétalos.
La escasa brisa del atardecer,
desprende uno ya ajado...
La última brisa de la tarde
encrespa la mar en diminutas olas,
pintando el azul continuo
con laminillas blancas,
como pétalos caídos en primavera.
Las hojas de un olivo muestran al unísono
el envés, adornando la mirada.
Exiguo espacio, delimitado por piedras,
huesos que el tiempo ha preservado,
oculta pasos, perdidos, sin sonido ya,
del que su vida dedicó a marcar huellas.
Sentado sobre una de ellas,
contemplo el mar junto al olivo,
entre sus ramas, me acompaña un mirlo
con su alocado canto del atardecer,
y acaricio, con nostalgia, un guijarro.
Paisaje viejo, gastado, plano
donde la naturaleza se da un respiro
a otros tiempos de fatigas.
Todo consumado.
Lanzo la vista y el horizonte se aleja
hasta infinitos e inimaginables lugares.
Tierra rojiza, de pedregales,
donde hombres, también duros,
han sabido escucharla y, con esfuerzo,
extraer la abundante riqueza que atesoraba.
Un chozo blanco en la viña
refleja el sol del atardecer, como
un espejo que quisiera reproducir
hasta el infinito, la aplastante luz
de estas tierras; en el, ahora
se apoyan, viendo irse al astro,
hombres callados, --todo ya dicho--,
cansados de mirar sin saber adonde,
terrosos como la viña, duros
como el pedregal, resignados
como lo está la vid esperando
que alguna nube descargue,
sobre sus resecos sarmientos.
Algún día volverán a surgir,
nuevas montañas, nuevo
paisaje, nuevas ilusiones,
nuevas contemplaciones
en un atardecer, cálido,
donde el horizonte se acerque
y haya donde posar la vista,
despidiendo al mismo sol.
Empujada por un suave viento
penetra por el valle,
imparable, espesa, opaca
creando un mundo misterioso
al disolverse en el bosque.
Llegan ecos ancestrales
al silencio inquietante
del roce de la niebla con las hojas.
Un olor a humedad
despierta los sentidos de los líquenes
que se preparan al festín.
Los árboles
acostumbrados a la finísima seda
se dejan envolver.
Los pájaros
miméticos y quietos
se acurrucan y esperan
los luminosos haces de sol
atravesando la fronda.
Después de que el sol alcanzara el cielo,
surgido del horizonte del mar en calma,
iluminando todos los rincones de la isla,
las dos pentecónteras inician su delicada travesía.
Hundidas hasta el borde por el peso,
el mar las acoge gustoso en su azul.
Con fuerza los pulidos remos, empujan
la cóncava nave hacia el infinito mar.
Tranquila y lenta es la navegación.
Hinchadas las velas hasta el límite.
Solo el golpear de los remos suena.
Estelas cansadas dejan las naves.
El cielo va cubriéndose de raudas nubes.
Ráfagas tremendas hacen bramar las velas.
Se aterran los remeros y la nave se agita,
las olas rompen espumosas contra el casco.
Sobrepasan las olas la regala de la nave.
En poco tiempo el casco se llena y se hunde.
Flotando quedan los supervivientes
auxiliados por la otra nave. Ateridos
y aterrados confían en que la petecóntera aguante.
Los esforzados remeros, asustados y alejados
de tierra firme, solo en el mar apoyados,
ven en la nueva situación,
posibilidades de ser sustituidos en el remo,
por los rescatados de la hundida nave.
Los responsables de barco, aseguran
los amarres del blanco bloque de mármol.
Y las nereidas, en el fondo, en tremenda bataola,
celebran haber arrebatado a la diosa,
parte de las tejas del ya afamado templo.