Entre los árboles busco el tiempo.
Su dimensión me engaña. Hoy:
El altivo castaño con sus hojas largas,
el robusto roble y sus incipientes bellotas,
los blancos troncos de los abedules
moviendo dulcemente las hojas,
los cerezos de hojas ya anaranjadas,
precursores del cambio,
no parecen diferentes a ayer.
Es la una de la tarde en el reloj.
Terminó la mañana, fabricada con tintes del alba,
henchida de hermosura.
creciéndose en sombras, la tarde, se instala.
Miro al gorrión parado en la rama.
Inmovil, solo un ligero mover la cabeza.
Según el reloj, han pasado dos minutos,
Mientras él sigue contemplando el espacio
Es la una y cinco. Es la tarde, indica el reloj.
Convenciones dadas. Todo sigue igual.
Se diría que no pasa el tiempo
y mientras lo pienso el tiempo ha pasado,
el presente se desvanece
y el futuro que intuía, pierde su origen .
¡ Inexistente frontera entre el pretérito y el futuro !
El gorrión sigue quieto en su rama.
Pasan veinte minutos de la una de la tarde.
Entonces, decide emprender el vuelo
hacia lo alto del abedul,
donde más se mueven las hojas
y mecerse en una rama.
Permanece inmóvil, otra vez
e intenta parar el tiempo.
Se abrió un espacio de luz,
entre las negras nubes de primavera,
que empujan al olvido lo pasado,
alumbrando con esplendor, parte
de los acontecimientos futuros,
que proyectan sus sombras hacia adelante,
limitando el espacio presente del porvenir.
Agua de una ola atrapada en las manos,
se desliza, inexorable, entre los dedos.
y junto a otras, va presurosa a la orilla,
sumergiéndose entre los granos de arena.
De las sombras salen olas y más olas.
Y tengo que elegir alguna...
Los días pasados que no volverán.
Cerrar los ojos y respirar.
Soltar todo el aliento contenido,
antes que sobre el mundo caigan,
como imágenes opacas, las tinieblas
o es que simplemente viene la noche
y detrás de ella un nuevo día.
Pero aun hay tiempo de contemplar,
en el horizonte, salir brillante y enigmática,
en los perfumes de la tarde,
al calor seductor de la canícula,
la poética y cantada luna.
Reflejada en el agua del río
que imparable pasa y no la lleva.
Detrás de las gasas de nubes,
suavemente movidas por la brisa,
emborronando en opacidad su luz
repitiendo mensualmente su teatro.