Viento

De vehemente cólera arrastrado
el veloz Noto va reuniendo
nubes blancas, como ovejas,
contra el aprisco de los montes
Entre los huecos aparece 
el tibio sol de la tarde, iluminando
las piedras gastadas del camino,
que amortigua la fina música de los pasos,
ascendiendo hacia el cordal.
Quedan atrás los últimos árboles
del bosque en su penumbra,
remarcada en sus ramas la estación,
atrapando, del sol, los últimos rayos
buscando un definitivo resplandor,
a fuerza de costumbre y armonía,
que ponga límite a las sombras.

Sigo oyendo el ruido de mis pasos,
por camino de sobra conocido,
busco piedras ya antes pisadas
y detecto en ellas la comodidad del paso.
Miro con gratitud hacia atrás
y allí veo el brillo de su superficie, 
a la espera de otros pasos...

Un grajo me hace sentir el viento,
viento que dibuja los versos,
de un decorado que es real,
no engaño que alienta en cada vida,
desvaneciéndose en su final.

La luz se marcha y lleva los colores
confundiéndose en un abismo,
con anhelos de Alba.

Sonidos del mar

No debe perderse la costumbre
de escuchar los sonidos enigmáticos del mar.
El rugido furioso cuando encrespado
amaga con tragarse la orilla, con olas
que estallando en mil pedazos
llegan remansadas a la arena.
La constante abrasión de los cantos rodados
en su ir y venir en la oscilación de la marea.
Sonidos de su enérgica respiración
que calma nuestros sentidos descansando
la vista en el horizonte ¡tan lejano!
Pasa volando una gaviota y añade con su graznido,
los agudos que le faltaban al paisaje

Es invierno en los árboles

Es invierno en los árboles.
Los pájaros traen, en sus picos,
primicias de primavera,
que el aire se lleva 
porque no es tiempo aún,
de calentarse la tierra.
En un recodo del camino,
entre helechos y madreselva
unas prímulas amarillean,
como un fogonazo iluminando,
tanto verde de las yerbas,
que mirando sorprendidas dicen:
no es tiempo aún de primaveras.
Las luces del crepúsculo doran
las crestas desnudas de los árboles,
conteniendo el aliento suspiran,
por las últimas fronteras de la tarde.
Lentamente van las sombras
colgándose en silencio,
de las ramas de los árboles.
Breves gestos, casi invisibles,
para los ojos habituales.

Cae la lluvia breve

Cae la lluvia breve y atardece.
Acrecienta el verde de las hojas.
Las maderas de la puerta se hinchan
y cobra vida, quejándose al abrirla.
La tela de araña se llena de perlas.
Por un hilo desciende una hasta caerse,
las otras tiemblan inseguras, y la araña calla.
El caracol diluye su baba y se desliza
hacia quien sabe que cercano destino.
Los alfileres de la lluvia agujerean el aire,
mientras las sombras van tejiendo
el manto de la noche, que cubre,
pero no impide a la lluvia llegar, fina y constante, 
hasta los últimos rincones de la tarde.

Nieve

Se ha mudado totalmente el paisaje, 
llenándose de historias nuevas,
con el envoltorio blanco de la nieve.
Todo igualmente está debajo, pero
ahora dan ganas de empezar de nuevo.
Los árboles, las praderas, las rocas,
todos han quedado ocultos.
No hay polvo en los caminos.
El rumor del aire entra en el pecho.
No hay hojas que le pongan sonido.
La luz resbala por las superficies níveas,
dando claridad a la noche.

Respirando hondo el frío aire,
miro el tintinear de las estrellas 
único sonido en el silencio,
y miro el excelso efímero paisaje.

Solo canta al oído el agua

El crepúsculo, casi cadáver,
difumina los últimos rayos sobre el cielo,
apoyando su cansado cuerpo
en el borde de la montaña,
hasta que no se deja ver.
La aurora, ansiosa por un mañana,
manifiesta, 
con efímeras y rosadas líneas en el cielo,
que está dispuesta a aparecer,
mientras las oscuras sombras, 
formando huellas ilegibles,
caen y dejan todo en letargo,
descanso de la ardiente luz, 
en exceso, del día.

Solo canta al oído el agua.

Horizonte

Ya los últimos rayos de un sol cansado,
acarician la superficie dorada del trigal.
No hay un horizonte aserrado para irse,
solo una lejana línea al final, y caerá 
volviendo, a pesar de tu cansancio,
iluminando, desde otro lado,
la muchedumbre muda del trigal,
calentando en la mañana un nuevo día,
y tu, con tu cansancio y en la tarde,
nostálgico del tibio calor de los ocasos,
a la búsqueda de la piedra y del árbol,
donde, con rutina te sientas y reposas,
a la espera del horizonte por donde marchar.

Ayer, al atardecer

Ayer, al atardecer,
me acerqué a un remanso del río
a esperar que el cielo
tiñera las nubes de amarillo,
a sumergirme en el aroma del silencio
del agua descansando en el remanso,
contemplar cómo el agua ansía la nube blanca
que, ingrávida, se desliza en el espacio,
queriendo saltarse el ciclo.
Permanecer inmóvil quiero.
Quedar flotando en el tiempo.
Solo el movimiento de los pájaros 
en su vespertina algarabía
y el oro encendiendo el verde
de la ribera florida.

La noche pronto llegará.

A las pruebas del mundo me remito

A las pruebas del mundo me remito,
¡Al fin el mundo es esto!
Una llama que devora lo vivido.
Un bosque lleno de árboles que no veo.
Un mar que se niega en el horizonte.
Una nube que tapa el azul y amenaza empaparme.
Un grito que en la noche se hace estrella.
Oxigeno que me permite respirar y que no veo.
Y exhalar el CO2, al contemplar, la salida del sol.
Una hormiga atareada acarreando una hoja.
Yo con mi libro en la cola del bus. Cuestión de perspectiva.
Infinidad de colores para disfrutar de la primavera.
También el blanco y negro para días de tristeza.
El perseverante crepúsculo anunciador del fin de todo.
La roca que ha vivido !tanto¡
La arena que acaricia mis pies y que fue roca antes.
La Tierra, un grano de arena en la playa del universo
El río que insistentemente pasa,
juntando unas gotas a otras gotas.
Al encrespado mar, dirigen el vuelo, las gaviotas.
Las palabras ensartadas, repetidas y habladas,
una y otra vez sin ocupar espacio.
Los planetas, los países, las fronteras,
Los cañones, los aviones y las guerras
Las religiones, las mentiras y la nada
Las galaxias y los agujeros negros.
La vida con su azaroso quehacer.
No hay fénix, solo ceniza.

Al borde del infinito contemplo tu sonrisa

La innumerable llegada de las olas

La innumerable llegada de las olas
a esta orilla donde el crepúsculo acosa
anunciando la noche con voluntad de sombras,
sabiendo el fin determinado
por lugares que nunca podrás ver,
es el mar en esta tarde, ya esperada,
el que alienta, ilumina y pone música
a este tránsito fenómeno del universo,
difícil de explicar las causas. Vano empeño 
de remover las cenizas del pasado,
sin certeza de un futuro ya esquilmado 
Me llevo de la última ola que a la orilla llega,
su desnuda frescura, refuerzo de la naturaleza,
a la que por completo me entrego.