¿Qué pretende un poema escrito,
atendiendo a las métricas imperantes,
o a la tacañería de palabras, como Simónides,
especializado en epitafios cuyo limite pétreo,
le hacía no pasar de dos hexámetros,
concisos, para ser leídos por los condolientes
del difunto, negociado muchas veces en vida?.
El poema cobra vida, con medidas o sin ellas,
tal cual la magia del lector, en solitario,
mueve los significados, salidos del fondo,
donde la memoria atesora, a su manera,
lo que en una vida se va acumulando.
Todo sale de las palabras y del modo,
pretendido, como ellas aparecen en el texto.
Después que el hombre haya desaparecido
y no quede rastro de él en la tierra,
Quedará en el aire un dolor contenido,
al no haber sabido como especie,
cantar a los sones de la naturaleza.
Dones perdidos en la quietud del tiempo.
Sin escuchar la voz del mundo,
sentados en su borde,
creyendo dominar el infinito,
soñando mejorar el mundo
con el fracaso de ídolos mal construidos.
Después que haya desaparecido,
cuando ya nada se agite, todo
sin el hombre, seguirá fluyendo.
Tiempo de minerales y de rocas,
transformación común de los mortales,
cambiantes los parámetros temporales.
La luna seguirá con su triste cara,
como una estrella única en el cielo,
que el sol entibia en la noche,
esperando enigmática,
que gire al revés el tiempo en los relojes
La noche se doblaba de puro calor.
Denso el aire al respirar oliendo
a mezcla de frutas maduras.
Lento se orillaba el barco a la pasarela
de madera que se adentraba en el agua,
sin norais donde hacer el atraque.
La luz mortecina del barco iluminó,
el silencioso bullicio en tierra, que
ansioso contemplaba la maniobra.
De la oscuridad salían, como actores
a una escena ensayada, vendedores
de tortas, frescos, aguas y cervezas.
Algunas cabezas, de los chinchorros
colgados de cualquier enganche,
miraban, sin abrir del todo los ojos,
con escaso interés por las vituallas.
Con parsimonia y dedicación,
se llenó la nave de plátanos y piñas.
Se fueron retirando las gentes
en medio del denso calor de medianoche,
y lentamente la quilla rompió el cristal del lago.
Ya no llega el agua del mar
al que fuera importante puerto de Mileto.
Queda ahora lejos, después que
las corrientes del Menderes,
fueran depositando su sedimento,
alejando cada vez más al Ponto
La isla de Lade, hogar de nereidas,
es ahora promontorio unido a tierra.
Las olas del piélago no blanquean,
sus orillas, al paso de naves de curvadas quillas,
en un infatigable batir de remos,
huyendo del brillante torbellino,
a atracar en puerto seguro.
Por los restos de bloques calcáreos,
bien tallados de la ciudad que, fue cuna del saber,
solo transita el silencio,
que mueve, según Anaxímenes
el invisible y primitivo aire.
Los pasos de un pastor, cobijado
bajo un caperuza de cuero duro,
protegiéndose de un fuerte aguacero,
principio de todas las cosas,
suenan lentos y sin destino,
le sigue un exiguo rebaño,
interesado en degustar las hierbas,
que entre las talladas piedras sale.
Ha dejado de llover al entrar
en el ágora descolumnada.
Se sienta sobre un bloque calcáreo.
Diariamente contempla esta explanada,
donde se discutía, hace siglos,
la constitución material del mundo.
Con el único sonido de las esquilas,
sin más principios de las cosas,
definido y finito,
que el que marcan los días,
necesarios para acrecentar su rebaño.
En la cara de un cubo de piedra,
un rayo, entre nubes, de sol
divide en diagonal el cuadrado...