Poema

¿Qué pretende un poema escrito, 
atendiendo a las métricas imperantes,
o a la tacañería de palabras, como Simónides,
especializado en epitafios cuyo limite pétreo,
le hacía no pasar de dos hexámetros,
concisos, para ser leídos por los condolientes
del difunto, negociado muchas veces en vida?.
El poema cobra vida, con medidas o sin ellas,
tal cual la magia del lector, en solitario, 
mueve los significados, salidos del fondo,
donde la memoria atesora, a su manera,
lo que en una vida se va acumulando.
Todo sale de las palabras y del modo,
pretendido, como ellas aparecen en el texto.

Caronte

Abúlico desciendo la vereda,

gastada de pasos ya sin cueros

Azabache saliendo al encuentro,

abisma las formas de los árboles,

el silencio en ondas apagando

los sonidos de la tarde 

hasta perderse en el olvido.

El agua con ansias de mar se acerca.

Nada interrumpe el andar,

del paso firme hacia la orilla.

Ni un guijarro siquiera

para, al tropezar, detener el tiempo.

Los pasos se acaban, 

El pasado se aleja,

El futuro se presenta.

Una barca, en la orilla, sestea

Sentado al timón, Caronte, espera.

Después

Después que el hombre haya desaparecido
y no quede rastro de él en la tierra,
Quedará en el aire un dolor contenido,
al no haber sabido como especie,
cantar a los sones de la naturaleza.
Dones perdidos en la quietud del tiempo.
Sin escuchar la voz del mundo,
sentados en su borde,
creyendo dominar el infinito,
soñando mejorar el mundo 
con el fracaso de ídolos mal construidos.

Después que haya desaparecido,
cuando ya nada se agite, todo
sin el hombre, seguirá fluyendo.
Tiempo de minerales y de rocas, 
transformación común de los mortales,
cambiantes los parámetros temporales.
La luna seguirá con su triste cara,
como una estrella única en el cielo,
que el sol entibia en la noche,
esperando enigmática, 
que gire al revés el tiempo en los relojes

Argéntea de pálida luz

Argéntea de pálida faz

que cruzas rauda sellando el final

del día con la mágica sombra, aún falta

llenar la plenitud de tu semblante, 

cuestión es de perspectiva, sin demora

en tu ascensión ciega cenital, al astro sol

ves huir, quedando tú con su arrebol,

dispuesta a cederle al que alumbra,

terminada la amelga de la noche, 

el resplandor de la enigmática penumbra.

San Miguelito. Lago Nicaragua

La noche se doblaba de puro calor.
Denso el aire al respirar oliendo
a mezcla de frutas maduras.
Lento se orillaba el barco a la pasarela
de madera que se adentraba en el agua,
sin norais donde hacer el atraque.
La luz mortecina del barco iluminó,
el silencioso bullicio en tierra, que
ansioso contemplaba la maniobra.
De la oscuridad salían, como actores
a una escena ensayada, vendedores
de tortas, frescos, aguas y cervezas.
Algunas cabezas, de los chinchorros 
colgados de cualquier enganche,
miraban, sin abrir del todo los ojos,
con escaso interés por las vituallas.

Con parsimonia y dedicación,
se llenó la nave de plátanos y piñas.
Se fueron retirando las gentes 
en medio del denso calor de medianoche,
y lentamente la quilla rompió el cristal del lago.

Mileto

Ya no llega el agua del mar 
al que fuera importante puerto de Mileto.
Queda ahora lejos, después que 
las corrientes del Menderes,
fueran depositando su sedimento,
alejando cada vez más al Ponto

La isla de Lade, hogar de nereidas,
es ahora promontorio unido a tierra.
Las olas del piélago no blanquean,
sus orillas, al paso de naves de curvadas quillas,
en un infatigable batir de remos,
huyendo del brillante torbellino,
a atracar en puerto seguro.

Por los restos de bloques calcáreos,
bien tallados  de la ciudad que, fue cuna del saber,
solo transita el silencio, 
que mueve, según Anaxímenes
el invisible y primitivo aire. 

Los pasos de un pastor, cobijado
bajo un caperuza de cuero duro,
protegiéndose de un fuerte aguacero,
principio de todas las cosas,
suenan lentos y sin destino,
le sigue un exiguo rebaño,
interesado en degustar las hierbas,
que entre las talladas piedras sale.

Ha dejado de llover al entrar
en el ágora descolumnada.
Se sienta sobre un bloque calcáreo.
Diariamente contempla esta explanada,
donde se discutía, hace siglos,
la constitución material del mundo.
Con el único sonido de las esquilas,
sin más principios de las cosas, 
definido y finito, 
que el que marcan los días,
necesarios para acrecentar su rebaño.

En la cara de un cubo de piedra,
un rayo, entre nubes, de sol
divide en diagonal el cuadrado...


La margarita

Al igual que la margarita

la vida tiene pétalos, o inflorescencias,

que vamos con el tiempo arrancando,

sin adivinar el «quiere o no me quiere»

que coincida con el final.

El tiempo y su historia llenaron 

cada pétalo blanco arrancado.

El viento, ahora, los lleva al olvido

y en su vuelo desprende palabras,

que caen sobre el último pétalo.

Ceniza de lo que ha sido tuyo.

Una rosa

Una rosa se ha aventurado

a salir en invierno.

Sus pétalos frágiles

responden al tierno sol

que tímidamente calienta

engañoso en la estación.

Sale del sueño de ser,

dispuesta a mostrar, en el frío,

su calor del color estival.

Las abejas ateridas

no se paran a mirar.

En el suelo y escarchadas,

las últimas hojas otoñales

observan, con envidia,

¡tanto impulso!

Mientras ella decidida

voluptuosamente despliega

los pétalos para recibir al sol.

Las ramas desnudas de los árboles

lanzan oblicuas miradas.

En ellas, tres gorriones adolescentes,

quietos, contemplan extasiados

hasta donde pueden ver…

Llegada de la primavera

La llegada de la primavera dilata el día

llenándose de luces y aromas,

transportados, en sus trinos,

en la frenética actividad de los pájaros.

Sorpresa al inicio del solsticio,

que la costumbre luego trastoca en

plácida y calurosa  monotonía.

Acordándome de lo veloz del tiempo,

deseo atrapar estos momentos,

a sabiendas de que el ciclo ha de volver.

Así en rápida carrera vuelan los días,

acercándose a un destino,

previsto pero difícil de entender.

Cristales del crepúsculo

La tarde cae sobre Manhattan.

El sol, en su marcha, enciende los ventanales

de los elevados edificios,

al mismo tiempo que desde dentro,

empiezan como luciérnagas sobre un árbol,

a iluminarse en recuadros dorados,

compitiendo con el sol en una carrera,

que éste sabe perdida, porque está a otra cosa.

¡Cristales del crepúsculo¡

Hay un tiempo en que se vislumbra 

aún la actividad interior de oficinas,

hasta que el sol ya ido, dejó la oscuridad

invadir cada rincón de la ciudad.

Las calles como venas de un gran cuerpo,

energéticas mueven la sangre roja

de los coches que no paran.