El mundo conocido es lo que alcanza
la vista, sentado desde la atalaya
desde donde aprendió a mirar el mar,
encrespado cuando sopla el Céfiro.
Ahora el azul se extiende calmo a sus pies.
En el puerto se afanan en la carga de las naves.
Han traído arrastrados por rodillos
blancos bloques extraídos de la cantera.
¿Adónde los llevan las magníficas naves?
¿Qué lugares, en el ignoto mar, hay
que necesiten de estas brillantes piedras?
Su padre, esclavo en la cantera,
le ha dicho que de ellos salen figuras y
elevadas columnas en grandes templos.
Lentamente ha bajado hasta el puerto.
Distingue, sudoroso, a su padre tirando.
Se acerca lo más que puede y le dejan
al reluciente bloque de mármol y quiere
distinguir, en lo informe, algún indicio
que le diga, cuál es el destino que lleva.
Cuando llueve,
me paro a escuchar el sonido
de la lluvia sobre los cristales.
Su tintineo,
me despierta
y me hace mirar
la distorsionada realidad.
Luego me dejo arrastrar,
con las gotas, por la fina superficie.
donde marcados caminos,
de otras anteriores,
facilitan el paso.
Las de ahora,
indecisas,
bifurcándose,
en un lloro permanente,
buscan como llegar
por el camino más directo.
Disfruto
de esta bajada acuosa
de las gotas en el cristal
esperando
que la vivificante lluvia
me clarifique
cómo llegar allá...