Bajo el añil una nube pasajera,
Más abajo los volcanes de Olot,
esquistos retorcidos de Creus,
Al otro lado del Ebro,
alimentado por las nieves del Pirineo.
Demanda y Sistema Central,
limitando la castellana llanura,
en donde restos pétreos de
las Cantábricas cimas, depositó
el tiempo con su cadente paso.
Hasta llegar a las Béticas
también otra llanura cruzo,
con ribetes de apagados volcanes,
Atravesando montes, de enjalbegados lugares,
llegó al mar similar a otros lugares.
¿ en dónde pongo fronteras ?
¿Dónde terminan los mares ?
El silencio ha invadido el susurrante bosque.
Las ramas henchidas de hojas guardan,
el secreto de la savia y sombra verde,
subiendo por arterias hasta lo insignificante
dejando atrás la aridez del pasado,
sonríen las hojas con los cálidos rayos,
de un sol que se inmiscuye por los huecos,
en un intento por llegar hasta las flores
diminutas que nacen en el suelo.
Al equipo de Vestigia
Hay palabras solas, nadie las usa,
esperan en un silencio florido.
No son materia, ni tiempo,
guardan en su interior
esencias dispuestas a salir
de su frasco y expandir su aroma.
Alguien, alguna vez las usó,
luego, aquí o allá, donde estuvieran,
quedan atrapadas en el olvido
donde no llegan los usos del lenguaje.
Pero el oxidado recuerdo asalta,
en vociferaciones de frases, surge
con su música, del vacío, fugaz,
mostrando su belleza plena,
imposible de tocar,
adornando con su brillo aroma,
a donde las palabras van.
El pensamiento es como un ave
que revolotea entre las hojas del pasado,
hurgando en el abismo de la vida,
recuerdos que surgen diferentes
en el deseo de modificar el ayer,
ansias de descifrar encrucijadas..
Volando entre intrincadas ramas.
formas invisibles del olvido,
sin mañana para el canto de la alondra,
desfilan como sombras en un océano perdido,
que los sentidos, reviven y transforman.
Lo que fuimos se deshace en el olvido
junto a lo que no pudimos ser,
es el luminoso presente el que conforma
y nutre la realidad, con atrezzo del pasado,
obligando al futuro a volver otra vez, hasta
extinguirse como el rayón de tiza en la pared,
cuando llega la esquina y dobla,
poniendo fin a la eternidad.
La alondra, con sus enigmáticos trinos,
tira de los hilos rosados de la aurora.
Inflamada de deseo silba a la luminosa
que todo lo inunda y vuela hacia ella
engañada por los flujos brillantes,
eligiendo rosados rayos que, al volar
hacia ellos, se transforman en vacío,
iluminando, luego, las sombras del suelo,
donde los gorriones, ahora despiertos,
picotean las perlas doradas de rocío.
Revolotean jugando con el aire en el cenit.
Es el fulgor del día.
El viento se lleva hojas y sombras
y las deja atrapadas en un rincón.
Las sombras de los árboles se alargan
se dirigen raudas a lo alto del crepúsculo,
la tarde se lleva al mundo y pasa,
la alondra canta su muda canción.
He salido al campo sin relieve.
He visto al cielo azul aplastar la tierra.
He mirado la línea, algo curvada,
donde se encuentran ellos.
Me he dirigido por un camino recto
trazado parece hasta la confluencia,
y he hecho la pregunta:
¿hasta donde he pretendido llegar?
He ido dejando amapolas rojas,
que han goteado en el amarillo
y como ojos enrojecidos de mirar al sol
han bajado ligeramente la mirada.
También me he fijado en tres piedras,
redondas, desgastadas, quietas,
en descanso de anteriores inquietudes
como su forma manifiesta.
Y no han dicho nada.
Poco a poco ha ido apareciendo
la copa oscura de una encina,
entregando su sonido a la brisa.
Solitaria, robusta de tronco
he sentido la necesidad de rodear con los brazos
la rugosidad de su piel
y me he sentado a su pie y
he recostado mi espalda en su tronco.
he descansado,
he sonreído y
he vivido
Rocas blancas mesozoicas,
resplandecientes y agrietadas cicatrices
con acantilados pavorosos
acariciados en su base por latidos
de un mar al que navegar intentas.
Gota de agua primigenia donde,
perdido ya el tiempo y su origen,
en los rincones salobres y someros
una alfombra de muertos sin ventura
fraguó el hierro de tu consistencia.
Cárcel de piedra y soledades
rutilante resplandor, cuando la luna,
Impregna de espuma tus márgenes calcáreos.
El apacible mar, siente envidia
y abombando su acuosa llanura
rompe su estructura en blancos fragmentos
que lanzando con furor marino,
contra tu frente endurecida,
la salpican de espumas y magnolias.
La montaña saturaba la vista
de un silencio majestuoso.
Una maraña de azules, verdes y grises,
colores desprendidos del paisaje,
en una apoteosis de luz,
se mezclaban dando paso,
sin movimiento alguno,
a una oscuridad indefinida
surgida de hacinamientos inquietos
de diferentes elementos que veo
y que poco a poco se van
homogeneizando,
presencia y ausencia de formas,
en una ceguera densa
en el final de la tarde.
Solo una línea indefinida
delimita el contorno de la montaña.
El agua en su oscilación inquieta,
sube y moja la piedra labrada en caliza.
En el descenso de la oscilación,
liberado el sillar,
brillaba en la oscuridad y se destacaban
algas verdes plateadas, pegadas a su superficie.
Como saliendo de un oscuro abismo
una gruesa maroma tensa, se enrollaba
como serpiente al negro metálico noray,
emitiendo un chillido sordo por el roce.
Mirando fijamente a la bocana del puerto,
una gaviota, iluminada, como el conjunto,
por un farol herrumbroso, espera la llegada
de los pesqueros cargados de comida,
en una arribada ansiada pero segura.