Despierta del cálido y dulce letargo. La alondra indica la vigilia. Un escalofrío recorre su cuerpo y no solo por el frescor de la escarcha en la mañana. En la arena, lecho que albergó a los amantes, aún un destello de tibieza despunta cuando, en turbada expresión, tienta con la mano. Nada dicen los pájaros en su gorjeo, tampoco las constantes olas que se acercan a la orilla. Un punto marcado en el horizonte indica cuán lejos está la cóncava nave. Subida en lo alto del promontorio, que más adelante albergara el templo de Apolo, rompe los vestidos y a modo de estandarte agita el peplo con desesperada aflicción, a la espera de que la nave modifique el rumbo, desapareciendo el punto en una línea.








