Ariadna

Despierta del cálido y dulce  letargo.
La alondra  indica la vigilia.
Un escalofrío recorre su cuerpo
y no solo por el frescor de la escarcha en la mañana.
En la arena, lecho que albergó a los amantes,
aún un destello de tibieza despunta cuando,
en turbada expresión, tienta con la mano.
Nada dicen los pájaros en su gorjeo,
tampoco las constantes olas que se acercan a la orilla.
Un punto marcado en el horizonte indica
cuán lejos está la cóncava nave.
Subida en lo alto del promontorio,
que más adelante albergara el templo de Apolo, 
rompe los vestidos y a modo de estandarte
agita el peplo con desesperada aflicción,
 a la espera de que la nave modifique el rumbo,
desapareciendo el punto en una línea.

¡Tierra! ¡Tierra!

Asegura los estayes del trinquete al bauprés
y en homogénea materia navegada,
el ritmo a la deriva te ira llevando,
las olas contra el casco, nácar blanco,
ondulando en vaivenes la planicie,
abismos que florece el horizonte
agrupados en un acorde de color infinito.
Repiten sinuosos los signos desde dentro.
El enigma del fin es lo que cuenta,
envueltos en la seda sucesiva,
no hay estrellas que marquen el destino.
Una forma crispará cielo y seda
acorde con la ley, límite y borde,
y en alegre anáfora gritando,
¡tierra! ¡tierra!

Silencio

Al fondo se va el murmullo de los vientos
en lo profundo del silencio: el silencio.
Se pasea por el tiempo, sin ruido,
ocupando el espacio, sin forma.
en parajes profundos donde no llega
el grito de angustia del hombre,  
de sus amores, de sus risas, de sus llantos.
¡Silencio!
Escucha la protesta interminable,
acompaña a las lágrimas y al dolor,
al rechinar de dientes de la tortura 
que supone una vida encadenada
a vivir sin presente y sin mañana.
Escucha la esperanza que nuevamente renace
del dolor de cada día.
¡Grita! ¡Hazte hombre!
Rompe el silencio y ¡hazte oír!

Brillos de primavera

La luz blanca
De la flor del cerezo
Aumento su brillo
Con el atardecer.
Y yo lo contemplaba.

Vuela un pétalo
Con delicada suavidad
Sin rumbo fijo.
Seguro que llegara a destino.

Los brillos
De las hojas del níspero
Cuando el aire las mueve,
Forman una algarabía
De luz.

¿Se cansan los árboles
De aguantar tantas flores?
Soy yo el cansado,
Ellos se decoran
Y se me olvida mi estado.

Veo sosiego,
Calma, quietud
En el paisaje.
¿Cómo atraparlo?

Nieva bajo el cerezo
Pero distingo
Que es primavera.

El agua cristalina
Del arroyo
Mueve el canto
Pero el destino
Esta lejos.

Un abejorro
Revolotea
Una espléndida
flor de hortensia,
Y se va.

Ha venido a quedarse el silencio

Ha venido a quedarse el silencio
donde silencio ya había,
perdiéndose sus límites entre,
la tarde que caía, sin estrépito,
y el monte azul que de ella tira.
Un viento, fingiéndose brisa,
se inventa caricias, 
mueve las hojas, con soplos
de sombra y rayos que terminan,
imitan a inquietos pájaros
y estos, quietos en la rama, miran
sin trinar, los pasos lentos del astro
recogiendo los rayos en su aljaba.

Una mirada

Una mirada hace posible que el vacío se exprese
y en una hermosa primavera
refrescada por el abanico de las luces
los ojos, van y vienen en cada parpadeo
viajando sobre el mar encrespado de la nada
enfrentándose al viento infinito,
dando forma y color, creándolo todo.

Solo con un ligero parpadeo,
aparece la rosa y su fragancia,
desprendida e inundando el espacio,
la rama del haya y sus refrescantes hojas,
el diminuto mundo de la gota de rocío.
Ojos de silencio y dulce tumulto interno.

Monotonía

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El hombre en la orilla del mundo

El hombre en la orilla del mundo
espera que la última ola salobre lo lleve, 
como Caronte, hacia la otra orilla,
en la potencia extendida de las aguas,
encrucijada quimérica de la vida,
que ansía perpetuarse más allá del horizonte
cuando ya la barca al puerto ha arribado.

El único movimiento, al suave vaivén de las olas,
los ojos entreabiertos a los dorados rayos del ocaso.
Un brazo caído empuja la mano hacia
la fragancia húmeda del agua salada,
como queriendo regresar a su reposo,
volver a ser origen, materia o despojo.
Invitándote a ser la piel desnuda del planeta.

Los sueños

Los sueños soñados van
atados a la ternura del agua 
por el riachuelo de la vida
sin más prisa que la ansiedad
que tiene, de recibirlos, el mar.
Van llegando en multitud,
seleccionados por las olas,
los barcos llenan su carga soñada,
buscan un puerto sin importar el mapa.
Complacidos los astros hacen guiños,
¡constelaciones de sueño!.
La luna, sabedora del ensueño, 
agita el agua en un vaivén mareal,
meciendo los sueños,
                     en el mar del olvido.

La soledad de la tarde.

La soledad de la tarde golpea contra las hojas
que caen solitarias y lentas por ausencia de viento.
En un matorral, dos pájaros se mecen en la rama,
sin trinar se miran y miran absortos el silencio,
que se adorna en sucesivas oleadas.
Apuntalándose en sus colores la tarde,
avanza lentamente en esas horas inciertas,
en que las sombras de las cosas se alargan
y parece que el tiempo se ha muerto,
donde aún falta para ver las estrellas,
que el sol incendie, con llamaradas trémulas,
el fondo donde se unen cielo y tierra,
derrumbando todo y resolviendo las sombras.