Mirabas el mundo, creyendo abarcarlo,
sentado en una silla de enea pintada de azul.
El mar aplanado y aplastado por un cielo
del color de la silla,
y los guijarros de la orilla
secados por un calmo viento cálido,
formaban un orbe en el que se impedía
turbar lo más mínimo al tiempo.
La luminosa mañana se estrenaba.
El silencio emitía los únicos sonidos
del canto de escasos pájaros,
bajando del azul de rama en rama,
en el único árbol que allí había.
Ahora os convoco,
testigos de mi dicha,
con el solo pretexto de revivir
aquel apacible silencio,
en el límite oriental de la isla.