El alba entrar rosada quería, entre los calcáreos riscos y los árboles sumidos aún en el verdor de la noche, pero una nube entorpeció su ansia.
Faetón, brioso en sus corceles y al grito ¡el día es mío¡ empujó a un lado a la efímera Aurora, bruñendo las peñas y las hojas.
El poeta modifica el color de su verso. El pintor borra el cielo ¡tan rosado¡ Melodía Interrumpida deja el mirlo, colgada de las ramas de los árboles. Con ímpetu se ilumina el río huyendo hacia los mares, mientras la nube, inoportuna e inconsciente, vaga al otro lado del valle.