Libres vientos, que soplan del olvido, arrastran y borran, de mi memoria, como aguas presurosas del río, palabras y ensoñaciones vividas. ¿En qué lugar las acumulas? Quiero revivirlas ahora y no sé dónde buscarlas. Tiro de una palabra y resulta algo incomprensible. Luna interponiéndose entre el sol. Eclipse que va ocultando todo.
“Ningún hombre se sumerge dos veces en el mismo río
Precedido por la dama de rosados dedos, Febo, espolea los glaucos corceles que tiran briosos e imparables del carro donde los vivificantes rayos, renovándose cada día, descubren ahora, las formas que la ciega noche negó.
Es verano y en dirección al Caistro baja, por la calle enlosada, acercándose al templo, de la diosa nutricia, plagado de columnas, hecho para permanecer en el tiempo.
Pasea a la orilla del río, que lento, arrastra y deposita su carga. Al puerto llegan cóncavas naves, empapadas las maderas del proceloso mar Ha repetido el paseo día tras día, en la aparente constancia de permanencia. El agua le invita a mojar la mano y si puede, atrapar agua y movimiento. Repite la acción, sonríe y mira con nostalgia el agua pasada.
Las olas de un mar calmado, llegan con constancia, a la arenosa y desolada orilla. A pocos metros se yerguen, aún altivas, deseosas del volver al origen, en el sudor de la tierra, esbeltas columnas del que fue templo de Apolo en Selinunte.
Empédocles, sentado en la pétrea escalinata del templo, contempla, el sudor azul celeste, suavemente ondulado y plateando en las crestas de su superficie, anhelando recuperar la naturaleza anteriormente unida y ahora separada. "Nunca los elementos cesan de cambiar de lugar continuamente..."
Se levanta acomodando el tribón. Una mano apoyada en la estriada columna, la otra extendida por alcanzar "el sudor de la tierra"
Tierra baldía, pelado yermo. Lago en invierno sin viento que levante metálicas olas, ausente de algas por dentro. Acre olor a podrido, como el agua enturbiada de un florero, donde las rosas ya ajadas, han perdido el fresco perfume que las define y reconoce. Lúgubre pensamiento, de la entristecida tarde, cipreses en hilera, de inclinadas copas, señalan la solitaria y definitiva senda donde la muerte camina, entre los rescoldos del tiempo, apagando todo intento de simular un futuro
Fabuladas por las hijas de la memoria, iban entregando sosegadamente: tardes apacibles de verano, el tic tac del reloj antes de sonar la alarma, el barco inmóvil en el horizonte, el gorjeo interminable de los pájaros, el crujiente sonido de los pasos en otoño, espacios de tiempo vacíos, la mirada detenida en lo diáfano viniendo cegada de lo oscuro, la pintura verde de la mesa algo desconchada, la diminuta ola mojando los pies, el suspiro hondo que aleja el cansancio, ... y como las hojas de un libro, Iban pasando, extraídas del olvido, retazos de vida acumulada.
Las estrellas se elevan desde el rocío, y se arrojan desde el cielo en la mañana, recogen los cambiantes colores de las flores, para lucirlos, en el jardín silencioso de la noche. Pero también hay otras certezas...
La tela estirada y azul del cielo, se hace negra en la noche aunque ilumine la luna, la aurora la devuelve con tintes rosas, que estira y limpia el sol en la mañana. Pero también hay otras certezas...
Van y vienen las olas, adornadas de espumas, y en el ajetreo las arenas se complacen, por el medio que tienen para moverse. Cuando quieren se sitúan lejos del agua, en la duna, calentándose al sol como bañistas. Luego esperan que algo las empuje hasta la orilla. Pero también hay otras certezas...
Gotas de rocío en la mañana, lágrimas derramadas por la aurora teñidas de su color rosado, adornan los brotes tiernos del arce. Huellas de que el tiempo existe, pues al mismo paso del rosado y cotidiano inicio, otras lágrimas en el dorado estío, lucirán brillantes sobre verdes hojas, rojas más tarde, cuando el árbol, en todo su esplendor brille.
¿Es la aurora la que rosada y puntual sale o es el árbol el que marca el tiempo con su atuendo?
Subido al extremo de la rama de un abedul aun con hojas contemplo nuevos espacios abiertos desde abajo insospechados. Ya sé que os parece absurdo, la rama no aguanta mi peso, pero si decidí subir era para mirar ese mundo nuevo que se intuía desde abajo y desde la rama y con ella, sentir el atardecer desde allí. Desciendo por el tronco cuando el sol dora la corteza blanquecina del abedul y me cruzo con una hormiga que hace el mismo trayecto con inquietudes diferentes a las mías. No le sorprende si aguantará la rama mi peso. Así son las hormigas, van a lo suyo. Sombras nuevas y vivas por el brillo del agónico sol van resaltando los bordes de las hojas…
Las horas de la mañana, como doradas rosas y violetas, lucen destellantes, alocadas en danza, sobre el azul juvenil que las embriaga.
En ámbar dorado, las del mediodía, elevan los brazos al cenit, giran y se mueven lánguidas, entre una brisa cálida y sestean descansando a la orilla del río.
Como grises sombras salen, las horas del crepúsculo, con túnicas grises y trasparentes, dejan pasar los agónicos rayos, de un sol ya no visible.
Las horas de la noche, enlutadas, caminan a paso presto y marcado, haciendo sonar campanillas, de ruido sordo, llamando, a alguna de las otras horas rezagadas.
Vuelan dos cuervos sobre el fondo azul retazos de noche cortejando el día despojados de la negra oscuridad recorren el infinito derroche de luz, lo oscuro fundiéndose con lo claro.
Cuando el día se hunda en el horizonte y Sueño, reposo y sosiego del mundo, derrame su licor de adormidera y modorra, haciendo soportables las tinieblas, en lo alto de la silenciosa negrura, por dos trozos como rotos, el día, observará con inquietud la noche.