“Ningún hombre se sumerge dos veces en el mismo río
Precedido por la dama de rosados dedos, Febo, espolea los glaucos corceles que tiran briosos e imparables del carro donde los vivificantes rayos, renovándose cada día, descubren ahora, las formas que la ciega noche negó.
Es verano y en dirección al Caistro baja, por la calle enlosada, acercándose al templo, de la diosa nutricia, plagado de columnas, hecho para permanecer en el tiempo.
Pasea a la orilla del río, que lento, arrastra y deposita su carga. Al puerto llegan cóncavas naves, empapadas las maderas del proceloso mar Ha repetido el paseo día tras día, en la aparente constancia de permanencia. El agua le invita a mojar la mano y si puede, atrapar agua y movimiento. Repite la acción, sonríe y mira con nostalgia el agua pasada.