Las nadas

Para que la nada sea, al final,
justo después del último suspiro,
estertor de la muerte lo llaman,
antes también fuimos nada.
La vida, fueron sumas de nadas.
Las caricias maternales de la infancia.
Los juegos fantasiosos en la calle.
El descubrimiento de uno y de los otros.
La llama intensa de un beso,
prolegómenos en el lindero de lo íntimo,
el brillo de las hojas mojadas de los árboles,
las contantes olas que llegan a las orillas…
...
llenos de nadas.

Como luciérnagas en la noche
iluminando el árbol del tiempo,
últimas luces que se ven
antes de los encuentros de las nadas.
¡Nada, habiendo sido todo!

Opaco

Durante muchos años la palabra opaco
y su concepto asociado, me traía
la imagen de un vidrio de una ventana
que el maestro ponía como ejemplo
y al que todos intentábamos traspasar
con la mirada para comprobar el efecto.
Yo recuerdo quedar estupefacto ante
¡Tanta maravilla! al alcance de la vista.
Con ella recorría el aula en busca de ejemplos
que el maestro pudiera usar y en qué casos,
Pensando que en la arquitectura de la escuela
se había previsto todo como material didáctico.
En una brusca brisa, con la ventana abierta,
de un golpe, se hizo añicos el vidrio.
Después de permanecer el hueco tapado
con un papel de periódico, un día
estaba sustituido por uno transparente.
Pero el maestro nunca lo utilizó como concepto.

Soy un cuerpo sentado al pie de un roble

Soy un cuerpo sentado al pie de un roble.
La espalda cansada recostada sobre el tronco
que se yergue derecho hacia el cielo,
por donde sube la vista hasta perderse,
mirando al mundo fugaz y sin sorpresa,
al paso alocado de los días,
percibido por el pausado ritmo del pecho.
El tiempo transcurría, entre los rayos
de un sol filtrado entre las ramas,
después que en las nubes se abriera una ventana,
y el aire que hacía vibrar las hojas más cercanas.
Con el canto de los pájaros contaba
los intervalos de los trinos y silencios.
El trayecto del caracol, lentamente,
recorriendo sin pausa una hoja.
Y todo estar en un orden parecía.
El desorden yo lo introducía,
ante la impaciencia del tiempo que no para.
en el olvido natural del día…

Lo que me dice el bosque

He respondido a la llamada del bosque,
que desde el verde insistente me llamaba.
No he podido articular palabra, aunque
no creo que una respuesta esperara.
"Vuelve a recorrer los caminos ¡tan hollados¡
aun hay mucha vida que enseñarte,
antes que el sol desaparezca en el ocaso.
Detrás de aquel anciano roble hay
unas rocas y a su lado florecen escilas
que nunca antes habías observado.
Extasíate ahora que aún pueden tus pupilas,
mientras te deleitas con los trinos de un mirlo
al que no ves pero no importa, lo oyes.
Carga la memoria de nuevos y repetidos instantes.
Nublados como están los sentidos por los años.
aún hay mucha vida que enseñarte"

Nunca había visto ¡tan locuaz! al bosque.

Después de la tormenta

Una armonía recobrada al paso de la tormenta
se fue instalando poco a poco.
Las hojas de los árboles fueron recobrando
su posición, más erguida,
al dejar de escurrir las últimas gotas.
El arroyo, casi en silencio antes, ahora
suena en su hablar con la diminuta arena
que lava y transporta,
hacia un mundo de raudales abiertos.
Una luz gris opaca, de un sol aún escondido,
va iluminando escaso los rincones.
En las tejas aún cuelgan algunas gotas,
aumentando su grosor hasta caer
estrelladas en el húmedo suelo.
Un caracol aprovecha esa humedad
para favorecer su desplazamiento.
En el cristal tan solo dos gotas,
eligen camino para llegar al final.

La memoria

Esquiva como la noche 
cuando la aurora lanza su primer haz rosado,
como una pincelada de pintor muerto,
saliéndose del lienzo apresurada.
Rauda la memoria deposita en el olvido,
hasta los pasajes de la vida más cotidianos,
en un giro extenuante de recuerdos,
emblanquecidos ya por una luz opaca.
Imposible distinguir su contenido.
La mirada en blanco y el ademán cansado,
busca la hermandad necesaria,
con una medio sonrisa de extrañeza,
para que un cuerpo,
ya sin nadie,
pueda hilvanar los hilos sueltos de su vida,
ya casi terminada.

Por las afueras del pueblo

Por las afueras del pueblo
caminando hacia la era,
en esa hora en que la tierra se estremece
alargando los muros exentos de hiedra,
se adelanta la figura,
larga,
tumbada en los secos rastrojos
por un sol caído en el ocaso.
El paseo llega hasta la solitaria encina.
de la que cae su esplendor dorado,
alguna paloma ronronea en las ramas,
del morado cielo surgen silenciosas
y en orden algunas presurosas estrellas.
Llega la noche en La Mancha.

Noches

Noche, íntimamente con lo oscuro
y en lo oscuro generando sombras
que ennegrecen más la noche, solo
blancura de cristales si la luna sale.

Noche de los enamorados solitarios
insomnes a la espera de alargar el tiempo,
aguardando, quién sabe, qué cupidos,
hagan deslumbrante la noche.

Noche caliente de los enfermos
estremecidos en los abismos de la fiebre,
doblando las paredes y abriendo bocas en ellas
por donde se escapan hálitos débiles.

Noche en completa oscuridad,
aunque haya una lucecita encendida,
poblada de monstruos y fantasmas que
prestos están a saltar dentro de la cuna.

Eos cotidianamente viene a borrar
oscuros abismos y ridículos fantasmas,
con las túnicas y cadenas rotas,
empequeñecidos por la explosión de luz.

Miro desde el cristal

Miro desde el cristal la tierra física,
hasta donde la vista me deja llegar
y por el medio, como en la vida,
quedan universos sin mirar.
Encaprichado en el árbol verdecido,
en la alejada ladera,
¡precisamente la vista eligió ese!
Y vuelan por encima de otros,
enmarañadas en un todo verde
las líneas rectas invisibles de la vista.
Puntos negros cruzan, sin definir,
inflamados de viento, el azul.
Todos los sentidos inmersos
en distinguir algo de lo incierto,
van recobrando ahora su cordura
alegrándose por el vuelo de unos pájaros.
Entre la fronda vegetación otros,
entonan sus mejores trinos,
distinguidos entre las más nítidas hojas
de los abundantes árboles.
El aire huele a primavera.

Los olvidos

El tiempo va acumulando recuerdos
en el infinito desván de los olvidos,
algunos aún con latidos recientes
muestran brillos del vivir pasado.
Como una rosa languideciente,
pétalo a pétalo,
desmayados van cayendo
y el hoy ya es ayer acumulado.
Miles de hilos del desván salen
y como a Teseo le sirvió Ariadna,
prestos están para tirar de ellos
y recobrar los olvidos no olvidados.