Para que la nada sea, al final, justo después del último suspiro, estertor de la muerte lo llaman, antes también fuimos nada. La vida, fueron sumas de nadas. Las caricias maternales de la infancia. Los juegos fantasiosos en la calle. El descubrimiento de uno y de los otros. La llama intensa de un beso, prolegómenos en el lindero de lo íntimo, el brillo de las hojas mojadas de los árboles, las contantes olas que llegan a las orillas… ... llenos de nadas.
Como luciérnagas en la noche iluminando el árbol del tiempo, últimas luces que se ven antes de los encuentros de las nadas. ¡Nada, habiendo sido todo!
Durante muchos años la palabra opaco y su concepto asociado, me traía la imagen de un vidrio de una ventana que el maestro ponía como ejemplo y al que todos intentábamos traspasar con la mirada para comprobar el efecto. Yo recuerdo quedar estupefacto ante ¡Tanta maravilla! al alcance de la vista. Con ella recorría el aula en busca de ejemplos que el maestro pudiera usar y en qué casos, Pensando que en la arquitectura de la escuela se había previsto todo como material didáctico. En una brusca brisa, con la ventana abierta, de un golpe, se hizo añicos el vidrio. Después de permanecer el hueco tapado con un papel de periódico, un día estaba sustituido por uno transparente. Pero el maestro nunca lo utilizó como concepto.
Soy un cuerpo sentado al pie de un roble. La espalda cansada recostada sobre el tronco que se yergue derecho hacia el cielo, por donde sube la vista hasta perderse, mirando al mundo fugaz y sin sorpresa, al paso alocado de los días, percibido por el pausado ritmo del pecho. El tiempo transcurría, entre los rayos de un sol filtrado entre las ramas, después que en las nubes se abriera una ventana, y el aire que hacía vibrar las hojas más cercanas. Con el canto de los pájaros contaba los intervalos de los trinos y silencios. El trayecto del caracol, lentamente, recorriendo sin pausa una hoja. Y todo estar en un orden parecía. El desorden yo lo introducía, ante la impaciencia del tiempo que no para. en el olvido natural del día…
He respondido a la llamada del bosque, que desde el verde insistente me llamaba. No he podido articular palabra, aunque no creo que una respuesta esperara. "Vuelve a recorrer los caminos ¡tan hollados¡ aun hay mucha vida que enseñarte, antes que el sol desaparezca en el ocaso. Detrás de aquel anciano roble hay unas rocas y a su lado florecen escilas que nunca antes habías observado. Extasíate ahora que aún pueden tus pupilas, mientras te deleitas con los trinos de un mirlo al que no ves pero no importa, lo oyes. Carga la memoria de nuevos y repetidos instantes. Nublados como están los sentidos por los años. aún hay mucha vida que enseñarte"
Una armonía recobrada al paso de la tormenta se fue instalando poco a poco. Las hojas de los árboles fueron recobrando su posición, más erguida, al dejar de escurrir las últimas gotas. El arroyo, casi en silencio antes, ahora suena en su hablar con la diminuta arena que lava y transporta, hacia un mundo de raudales abiertos. Una luz gris opaca, de un sol aún escondido, va iluminando escaso los rincones. En las tejas aún cuelgan algunas gotas, aumentando su grosor hasta caer estrelladas en el húmedo suelo. Un caracol aprovecha esa humedad para favorecer su desplazamiento. En el cristal tan solo dos gotas, eligen camino para llegar al final.
Esquiva como la noche cuando la aurora lanza su primer haz rosado, como una pincelada de pintor muerto, saliéndose del lienzo apresurada. Rauda la memoria deposita en el olvido, hasta los pasajes de la vida más cotidianos, en un giro extenuante de recuerdos, emblanquecidos ya por una luz opaca. Imposible distinguir su contenido. La mirada en blanco y el ademán cansado, busca la hermandad necesaria, con una medio sonrisa de extrañeza, para que un cuerpo, ya sin nadie, pueda hilvanar los hilos sueltos de su vida, ya casi terminada.
Por las afueras del pueblo caminando hacia la era, en esa hora en que la tierra se estremece alargando los muros exentos de hiedra, se adelanta la figura, larga, tumbada en los secos rastrojos por un sol caído en el ocaso. El paseo llega hasta la solitaria encina. de la que cae su esplendor dorado, alguna paloma ronronea en las ramas, del morado cielo surgen silenciosas y en orden algunas presurosas estrellas. Llega la noche en La Mancha.
Noche, íntimamente con lo oscuro y en lo oscuro generando sombras que ennegrecen más la noche, solo blancura de cristales si la luna sale.
Noche de los enamorados solitarios insomnes a la espera de alargar el tiempo, aguardando, quién sabe, qué cupidos, hagan deslumbrante la noche.
Noche caliente de los enfermos estremecidos en los abismos de la fiebre, doblando las paredes y abriendo bocas en ellas por donde se escapan hálitos débiles.
Noche en completa oscuridad, aunque haya una lucecita encendida, poblada de monstruos y fantasmas que prestos están a saltar dentro de la cuna.
Eos cotidianamente viene a borrar oscuros abismos y ridículos fantasmas, con las túnicas y cadenas rotas, empequeñecidos por la explosión de luz.
Miro desde el cristal la tierra física, hasta donde la vista me deja llegar y por el medio, como en la vida, quedan universos sin mirar. Encaprichado en el árbol verdecido, en la alejada ladera, ¡precisamente la vista eligió ese! Y vuelan por encima de otros, enmarañadas en un todo verde las líneas rectas invisibles de la vista. Puntos negros cruzan, sin definir, inflamados de viento, el azul. Todos los sentidos inmersos en distinguir algo de lo incierto, van recobrando ahora su cordura alegrándose por el vuelo de unos pájaros. Entre la fronda vegetación otros, entonan sus mejores trinos, distinguidos entre las más nítidas hojas de los abundantes árboles. El aire huele a primavera.
El tiempo va acumulando recuerdos en el infinito desván de los olvidos, algunos aún con latidos recientes muestran brillos del vivir pasado. Como una rosa languideciente, pétalo a pétalo, desmayados van cayendo y el hoy ya es ayer acumulado. Miles de hilos del desván salen y como a Teseo le sirvió Ariadna, prestos están para tirar de ellos y recobrar los olvidos no olvidados.