¿Dónde estaban las palabras antes de ser usadas?
Todo permanecía sin nombre hasta que alguien,
fascinado al contemplar la luna,
que se repite colgada del espacio,
sintió la necesidad de asignarle un nombre.
Distinguir un árbol de un arroyo,
un pájaro de un perro,
una montaña de un llano.
Podías contar que habías estado debajo del árbol
Viendo cómo revoloteaba un pájaro
mirando al fondo la montaña.
Luego vendría diferenciar un roble de un fresno,
El pájaro de otro diferente …
Y así llenamos todo de palabras.
Miramos el paisaje y no las vemos, pero
lo invaden todo para poder guiarnos.
A través de los sonidos aprendemos a usarlas
con la seguridad que te entenderán,
estableciendo así la comunicación.
Nos nombramos las personas para distinguirnos.
El paisaje para identificar lugares de referencia.
Así estamos inmersos entre palabras invisibles,
que cuelgan definitorias de lo que nos rodea
permitiendo una conversación infinita.
Jugamos con ellas e incluso hacemos
que cambien de perspectiva
según las circunstancias como en la poesía.
Cada una tiene su sonido particular.
Tienen la posibilidad de evocar.
Nostalgia, tristeza, soledad…
También el pensamiento incansable
se apoya en ellas.
Quizá porque, sin ellas,
el mundo seguiría estando ahí
pero no sabríamos como nombrarlo.
