Cómo hacer un poema
Si faltan las palabras.
Ante tanto horror
no cabe aferrarse al paisaje,
este no existe.
Ni apelar a la naturaleza,
esta está agonizando.
Cómo ver aves volar,
estas se han ido.
La rosa no despliega su aroma,
esta se ha marchitado.
¿Cómo mirar la luna que el sol ilumina,
si sobre el velo negro de la noche
hay otra noche aún más oscura?
¿Puede alguien compararse con el viento?
Azul sin tener color cuando se expande por el cielo.
Húmedo cuando llueve y se escabulle entre las gotas.
Verde acariciando las hojas del bosque.
Amable cuando hinchando la blanca vela
desliza la nave sobre las arrugas de la mar.
Se hace suave brisa que refresca a la diminuta hormiga
subiendo afanosamente por el tronco del árbol.
Mueve la flor, ayudando a expandir su polen
llevando la fragancia, también trasparente,
hasta inusitados y recónditos confines.
Sientes su caricia, cuando hace calor y te refresca.
Huyes, cuando gélido, atenaza el gesto en la cara.
Viajero de todos los confines a donde llega.
Impetuoso muchas veces doblegando árboles.
Revolviendo a su paso todo lo que encuentra,
indicio único de su existencia.
Invisible como los dioses.
Benévolo y dulce final de vida.
Y cuando notamos su ausencia, parado está,
a la espera que nosotros lo provoquemos
con nuestros alocados movimientos,
para sentirlo refrescante en nuestro rostro.
En la algarabía del bosque
unas urracas, revoloteaban por el aire.
Tenues sombras de difícil distinción
insertan, unos colores en otros,
dando paso a la espesura.
Una urraca se ha posado en un árbol.
El aire mueve hojas caídas en el suelo.
Algo hace tronchar una rama.
El sonido de la luz al atravesar la espesura.
El rutilante verde del musgo y
el ruido del insecto al subir por la corteza.
Parece que el tiempo aquí no transita.
Todo sucede, se agita, se altera...
Mientras yo camino alimentando la nostalgia.
Una bandada de gaviotas
se levantan del montón de basura.
Restos de desperdicios en el pico.
Oscuro el ocaso apaga su fuego.
Serpientes de niebla se arrastran
envolviéndolo todo.
Las incipientes luces de las farolas,
tenues, iluminan su entorno.
Amontonadas ventanas
encienden sus interiores.
Se oye llorar a un niño.
Entre la escurridiza niebla
se siente la voz y la tos de un hombre.
Más tos que voz. Alternantes.
Al pasar por debajo de la farola
se ve que va solo. Habla con la tos.
Y esta le dice: coj, coj, coooooj...
Agarrado a la farola responde:
¡maldito catarro!
Hay aquí paz para los ojos.
La leve luz de la tarde cae lentamente
desvaneciéndose en el aire,
dora las hojas que ansiosas suspiran
por un roce de la rama o una
imperceptible brisa que,
las deje caer y volar por el valle.
Los ya tímidos rayos, escasos de luz,
juegan a descender con las hojas,
como antorchas a apagarse en el río.
Depositadas, sin perturbar la corriente,
van raudas sin destino.
En un árbol de la orilla, en la desnuda rama,
un mirlo, extasiado como yo,
añade sonido al lento latir de la tarde.
Al alba,
cuando las formas de las cosas
aparecen al punto que la noche retrocede,
después de cubrir de oscuridad
todo lo que la luz resalta quedando solo
retazos en las sombras,
asido a tu mano despierto
a la certeza del día.
Es breve el tiempo para el cambio de las sombras
cuando en el cielo la abundancia es de nubes
y el sol,
sin la fuerza que lo caracteriza,
se mezcla y funde en un silencio nublado,
dispersando, así,
los grises de las sombras.
Impulsados por la generosa naturaleza
y entregados a todo lo que en ella acontece,
arroja una luz totalmente diferente a cada instante.
Observo el vacío que dejó una hoja de abedul.
Hace un rato se movía frenética ante un soplo de viento.
Ahora el vacío ni siquiera ha suplido el color que tenía.
Justo más abajo, en el suelo, junto a otras reposa.
El oro del último crepúsculo,
silencioso,
entra por la ventana.
Ya no tiene ansias de Alba.
Esta Ofelia, en la mañana,
sin darte cuenta, recogió
todas las flores de su guirnalda,
con suave brisa caminó lenta,
hacia dónde cae la tarde.
El oro ciega los ojos.
Se va el perfume de las flores.
El silencio de la luz calla.
La vida se queda quieta,
mientras, la noche aguarda
Convivimos a todas horas con ellas
Entramos por ellas y salimos,
Diferentes opciones y también posiciones.
Para entrar se muestra agradable, vistosa.
Para salir algo más anodina e indiferente.
Las hay para dar en las narices,
con el consiguiente enfado.
Las hay sin retorno:
Coge la puerta y vete, no vuelvas...
También las que invitan a respirar:
hay que abrir puertas y que circule el aire.
Para enfatizar un enfado:
Se marchó dando un portazo, (en estos casos
siempre es buena la fortaleza de la madera).
Hay puertas que se cierran por grandes periodos:
La cárcel, la clausura, la prohibición...
¡Ansiosas de ser abiertas!
Todo se dilucida de puertas adentro,
negando la salida al exterior.
Suele ser lugar de encuentro y despedida:
desde el umbral de la puerta dijo adiós,
donde antes fue bienvenido.
Los hay que son tan amantes de las puertas,
que se las quieren poner al campo.
En un afán de optimismo,
dejó las puertas abiertas.
Algunas chirrían en sus goznes
y algunas veces se salen de quicio,
pero sin mayor trascendencia.
Son tan cotidianas, que no nos damos cuenta,
que tienen lenguaje propio.
Por eso al salir cierra la puerta...
Cae lluvia,
suave,
escasa,
ligera,
en un cielo gris,
sin presagiar nada,
sobre el encendido bosque.
Una hoja,
en el resplandor de la vejez,
sirve de cuenca
a tan delicado caudal,
que acariciando el valle
llega sereno al ápice.
Lentamente
va creciendo
y se deja caer
en un vuelo enérgico,
adentrándose
en el espejo de igual naturaleza
deformándolo.
Hasta el infinito
https://youtu.be/CgmZAppcvLA?si=jTr9HAWIF4wzrYPT