Tierra llana de Castilla

Tierra llana de Castilla que el azul aplasta.

Verde en primavera con gotas de sangre.

En estío, la hermosura del dorado trigal,

agosta el amarillo hasta hacerlo crujir,

oculta la sed que tiene y ansias de mar.

Línea de horizonte ya tiene.

Enhiestas velas de piedra al fondo navegan,

en un cálido mar de callada tempestad.

La sombra de la noche cae de golpe.

Las luces del crepúsculo no alargan sombras

más que de la iglesia y las tapias.

El alba se presenta luminosa y fría

antes que el globo ardiente salga,

por los resecos surcos se eleva niebla

como humo del rescoldo del ocaso

y de las ramas de romero penden gotas, 

que los pájaros prestos vienen a libar

antes que el sol las evapore en la nada.

Pocas gentes andando en los caminos.

Grandes tractores recogen las cosechas.

Los viejos, pocos, al sol de poniente,

calientan los huesos como antaño.

Ya el poeta dijo que sus pobres hijos

hace tiempo huyeron de sus lares.

Los ríos y tormentas, llevan lejos,

residuos del paisaje a otros lugares

mientras el sol de estío implacable, 

envía sus rayos sobre los campos yermos

En la espesura del bosque

En la espesura del bosque,

donde la luz penetra a modo de esquirlas

desprendidas de un sol que no se aprecia,

donde las hojas perfumadas y húmedas,

juntan gotas que deslizándose caen 

a la ansiosa tierra, cuando llueve.

Las ramas cautelosas, en acompasado vaivén,

acarician la oscuridad en el silencio.

Del silencio inicial van surgiendo sonidos.

La desbandada de aves al sobresalto,

el crujido de hojas al paso de algún animal,

el trino del agua de invisibles manantiales,

el zumbido de un moscardón en el helecho.

el corazón fuertemente latiendo…

Todo lo que existe expresándose.

Todos los sonidos del silencio

de un organismo del que formo parte.