Las sombras

Las sombras nutren de oscuridad el bosque.
En la tarde apagaban los rigores
de un sol implacable en el estío.
Ahora, agrupadas en oscura simbiosis,
la sombra del castaño, la del roble,
se solapan y añaden la del haya y el abedul.

Negra invasión, que la noche reclama.
Prieto humo que el viento no disipa.
Interrumpida la escala, deforma las formas.
Ojos recorriendo el oscuro progresivo.
Deriva a un abismo en pausa de negrura
donde todo se entremezcla y diluye.

La luciérnaga pone un poco de orden.
Punto fijo en la opaca oquedad, espera,
que la sombra comience a derretirse,
en cuchillos de luz de obsidiana,
definiendo el contenido del vacío,
por perladas gotas de la aurora.

El bosque

Susurro del follaje en el viento

bosque dormido en las sombras

rendido a las nostalgias del otoño

con melodías llenas de misterios.

Titilando las luciérnagas 

en su diminuta astronomía

penden en el abismo de los árboles 

como gotas de una lluvia olvidada.

El bosque vive sus acompañadas soledades,

sombras azules de cerradas flores,

guardando, hasta mañana, sus secretos,

rodeadas de robles, castaños y cerezos.

Bosque dormido en el tiempo.

Neblinas envuelven las últimas ramas inflamadas

donde cantan los pájaros lentamente

enlutando el valle y las montañas.

El aire de la tarde

El aire de la tarde se quema en el crepúsculo.
La naturaleza del mundo se aísla
por los abismos de nubes melancólicas
que serpentean en el encendido fuego.

Las rosas, tímidas, languidecen a la espera,
en que apagado y en rescoldos ya el fuego,
la luna suave y redonda tiña en blanco,
los aún umbrosos pétalos fatigados
de exhalar embriagantes aromas,
presagio de auroras de rocío cubridoras.

Soledades

Taciturno va el día a las aguas del olvido.

Escasos minutos le quedan a completar

las horas ya gastadas. 

Llevándose los ecos en memoria aprisionada.

Las últimas luces bordean las crestas.

Los árboles sueñan en la oscuridad

y suspiran suavemente por las sombras.

Exhalan las últimas fragancias 

y el mirlo ha dejado de entonar al aire, sus cantos.

El cielo abre sigilosamente su luminaria.

El viento enredado en las hojas

se detiene al pie de los castaños.

El canto de la curuxa pregunta:

¿De dónde vienen los días?

El hombre, como Prometeo, corre

en busca del último dorado reflejo

que le queda a la montaña.