Las sombras nutren de oscuridad el bosque. En la tarde apagaban los rigores de un sol implacable en el estío. Ahora, agrupadas en oscura simbiosis, la sombra del castaño, la del roble, se solapan y añaden la del haya y el abedul.
Negra invasión, que la noche reclama. Prieto humo que el viento no disipa. Interrumpida la escala, deforma las formas. Ojos recorriendo el oscuro progresivo. Deriva a un abismo en pausa de negrura donde todo se entremezcla y diluye.
La luciérnaga pone un poco de orden. Punto fijo en la opaca oquedad, espera, que la sombra comience a derretirse, en cuchillos de luz de obsidiana, definiendo el contenido del vacío, por perladas gotas de la aurora.
El aire de la tarde se quema en el crepúsculo. La naturaleza del mundo se aísla por los abismos de nubes melancólicas que serpentean en el encendido fuego.
Las rosas, tímidas, languidecen a la espera, en que apagado y en rescoldos ya el fuego, la luna suave y redonda tiña en blanco, los aún umbrosos pétalos fatigados de exhalar embriagantes aromas, presagio de auroras de rocío cubridoras.