Taciturno va el día a las aguas del olvido.
Escasos minutos le quedan a completar
las horas ya gastadas.
Llevándose los ecos en memoria aprisionada.
Las últimas luces bordean las crestas.
Los árboles sueñan en la oscuridad
y suspiran suavemente por las sombras.
Exhalan las últimas fragancias
y el mirlo ha dejado de entonar al aire, sus cantos.
El cielo abre sigilosamente su luminaria.
El viento enredado en las hojas
se detiene al pie de los castaños.
El canto de la curuxa pregunta:
¿De dónde vienen los días?
El hombre, como Prometeo, corre
en busca del último dorado reflejo
que le queda a la montaña.
