El viento en la tarde

El viento en la tarde sube
alocado a las cumbres para
ver encenderse las estrellas
antes que la plateada luna salga.

Va cargado de aromas
de manzanas y jazmín
que recogidos por el valle
suben por el cielo azul aún.

Cargado de plata luego,
bajarán sosegados por los caminos,
pensando ser ya brisa de la noche
mitigando el latido de las cosas.

Alguna vaca, apurando los pastos,
rompe el silencio con su esquila.
Inquietos los árboles cimbrean las ramas.
Huye la luz, apagándose despacio.

Efímero día

Quiero que quede en mí el día que se muere.
Miro atentamente los últimos rayos cárdenos,
creyendo, que así, retengo su fuga en el horizonte,
la luz se vuelve negra y se va borrando el mar.

Siempre posponiendo para otro día,
lo que fue imposible alcanzar en el que acaba,
acumulando en cenizas los días pasados,
intentando amar aún lo que no se ha comprendido.

Los penúltimos rayos iluminan todavía
sin costumbre del retorno de los días,
estos se acortan ya sin descanso y la noche,
demasiada, todo lo va ocupando.

La noche y la rosa

Mirando en la noche tiznada
la hermosura y enigma de los astros,
descubro su secreto fulgor
en la negra concavidad
desde donde irradian
delicada luz para que la rosa
en la noche no decaiga.

El cuerpo hecho de memoria,
guarda recuerdo de los días sucesivos
en la serie imparable de los años
que retiene el sueño efímero de la vida.
Mientras, las estrellas fugaces raudas,
llevan los recuerdos al olvido.

Adentrada ya la noche,
en su ausencia reposada,
restos de memoria yacen
ensombrecidos por las horas.

Las enigmáticas sombras
arremolinadas parten juntas
a cambiar sus tétricas túnicas,
por rosadas gasas del Alba.

La luz enciende por doquier la vida.
Y es el día un pétalo fulgurante,
que la rosa diariamente entrega,
en un convenio insaciable.

¡Ya apenas quedan en la rosa!

El gallo

El día descorre con ganas
de la aurora sus rosadas cortinas,
derramándose por todos los rincones,
imparables chorros dorados.

El gallo, precursor de tal prodigio,
camina altanero a su cobijo:
"Están avisados, luego no digan".
Y mira de soslayo a las gallinas.

El gallo de la aurora dice
“Vayan saliendo, salgan,
que nadie adentro quede”.
La alondra con sus cabriolas
anuncia también el día,
y por los montes suena ya
una gran algarabía.

El azul en lo alto crece.
Por los montes un trozo de luna,
intercambio de plata y oro,
se despide con una nube,
a modo de pañuelo.
Está comenzando el día