Quiero que quede en mí el día que se muere. Miro atentamente los últimos rayos cárdenos, creyendo, que así, retengo su fuga en el horizonte, la luz se vuelve negra y se va borrando el mar.
Siempre posponiendo para otro día, lo que fue imposible alcanzar en el que acaba, acumulando en cenizas los días pasados, intentando amar aún lo que no se ha comprendido.
Los penúltimos rayos iluminan todavía sin costumbre del retorno de los días, estos se acortan ya sin descanso y la noche, demasiada, todo lo va ocupando.
Mirando en la noche tiznada la hermosura y enigma de los astros, descubro su secreto fulgor en la negra concavidad desde donde irradian delicada luz para que la rosa en la noche no decaiga.
El cuerpo hecho de memoria, guarda recuerdo de los días sucesivos en la serie imparable de los años que retiene el sueño efímero de la vida. Mientras, las estrellas fugaces raudas, llevan los recuerdos al olvido.
Adentrada ya la noche, en su ausencia reposada, restos de memoria yacen ensombrecidos por las horas.
Las enigmáticas sombras arremolinadas parten juntas a cambiar sus tétricas túnicas, por rosadas gasas del Alba.
La luz enciende por doquier la vida. Y es el día un pétalo fulgurante, que la rosa diariamente entrega, en un convenio insaciable.
El día descorre con ganas de la aurora sus rosadas cortinas, derramándose por todos los rincones, imparables chorros dorados.
El gallo, precursor de tal prodigio, camina altanero a su cobijo: "Están avisados, luego no digan". Y mira de soslayo a las gallinas.
El gallo de la aurora dice “Vayan saliendo, salgan, que nadie adentro quede”. La alondra con sus cabriolas anuncia también el día, y por los montes suena ya una gran algarabía.
El azul en lo alto crece. Por los montes un trozo de luna, intercambio de plata y oro, se despide con una nube, a modo de pañuelo. Está comenzando el día