A mitad de camino hacia las cumbres por un sendero perdido en matorrales en el que se asoman piedras solitarias dispuestas a orientar los pasos que llevan a un pueblo ya sin nombre por falta de quien lo nombre.
Solo el silencio habita las casas hundidas sus raíces en la tierra que reclama vuelta al origen préstamo que un día entregara.
No suena la campana ni a difuntos de la iglesia vieja y agrietada a no ser que sea el muerto el propio pueblo y sin campana.
Ceden las robustas vigas. Caen los muros de las casas. Escasos enseres, ya lo eran antes de partir.
En los muros quedan marcas como fósiles que recordaran que antaño hubo vida entre sus calles y plaza.
Se oye cantar a un mirlo. A lo lejos vuelan avutardas. La tersa luz de la tarde llena todo el pueblo de nostalgia.