Cuando el jilguero

Cuando el jilguero
asoma su cabeza
desde el canalón donde vive
siento su compañía.

¿Qué piensa la masa verde?,
¿Qué piensa cada árbol?.
Me miran con sus formas inmóviles.
Tienen vida,
pero su pensamiento, está en mi.

Echo en falta diariamente
las garzas en la orilla del río.
Su quietud me inquietaba,
Su vuelo me fascinaba.
Desconozco cuando volverán.
Yo las espero.

Un tronco de árbol
varado en el río.
Un pato limpia su plumaje sobre él.
¿Se quedará el tronco?

86400

Ochentayseismilcuatrocientos,
veintiocho letras para nombrar
tan sólo cinco números.
Representan mucho cada día.
Despertamos a lo inesperado,
con afán de dejarnos sorprender
por lo conocido, hurgamos en el vacío
que llenándose de lo cotidiano,
va descubriendo nuevas posibilidades.

Cuarentaytresmildoscientos,
Numerosas letras aún,
pero el indicador numérico señala,
inexorable, la reducción de cantidad.
Que importa ese dato, aquí el día
esta en su mejor momento,
no estoy para números.

Veintiunmilseiscientos,
Es algo tarde ya, empiezo a estar cansado,
debería tomar un respiro.
Y ese número ahí, raudo
hacia el final y al principio al mismo tiempo.
Me sumerjo en los aromas de la tarde
pensando en el número inicial,
ese será otro día, de este,
aún me quedan, segundos que degustar...

Funesta condición humana

Funesta, fatigosa, aborrecida
y odiada condición humana
que has permitido, que una parte,
muy pequeña de los tuyos, imponga
un dominio férreo sobre el resto,
alimentándose con divinales manjares,
danzando y cantando en hermosos coros
como sí de inmortales olímpicos se tratase,
mientras quitan lo esencial a la mayoría,
para mantener ese puesto en el Olimpo.
¿Hasta cuándo permitirás en tu seno,
estos comportamientos?
¿Serán las parcas capaces de eliminar
esa desviación, hasta que no quede
semilla para poder perpetuarse?
Ni los inexistentes dioses pueden
cambiar la situación, pues si existieran,
es probable que estuviesen de su lado.
El Olimpo es grande cabemos todos
y si es muy alto y da vértigo,
reunámonos en la llanura,
¡es inmensa! y todos estaremos
a la misma altura

Caminos

Siento mis pisadas
en caminos, para mi desconocidos,
pero antes muy transitados,
por ajetreos cotidianos,
por búsqueda del placer lejano,
caminando hacia el aprendizaje
con pies aún delicados.
Estas piedras que jalonan el camino,
ahora olvidadas,
eran la compañía del caminante
que reconociéndolas,
extraía la información que mostraban.
como modernas señales
en las vertiginosas carreteras.
Busco en esos lugares tranquilos
las huellas de otros tiempos,
que me figuro plácidos,
aunque no mejores.
Cada paso que doy,
procuro no alterar un orden
que pervive aún,
a otros pasos inexorables
que me han permitido adentrarme
en la esencia del pasado.

Caída la hoja miro

Caída la hoja miro
alejarse raudo el aire
mientras otra hoja busca
que la ciña por su talle.

Leve crepúsculo viene
el aire desafina,
un mirlo se detiene
y mirando al sol afina.

Luchan las sombras
por ser sombras sin aire
hay en la orilla candelas
para no perderse nadie.

Los últimos rayos gimen
espantados por la noche
no pertenecen a ella, dicen
sin mostrar ningún reproche.

Los deseos disipados
de una luna que no brilla
el búho, los ojos clavados
allá abajo en la arcilla.

Andar

Levántate.
No es necesario mucho equipaje
tan solo un poco de entusiasmo.
Libre observación,
sin limites a lo inmenso
sin desdeñar lo mínimo,
dejando la imaginación desatada.
Y así viendo que el final
tan ansiado del camino
aparece a cada
lado de la cuneta,

¡no existe el final!

Aquí y no allá están:
la gota de rocío sobre
la abierta rosa refrescante,
la golondrina que vuelve a su nido,
la melancolía, que a borbotones,
circula por venas y arterias
llevándote, medio exhausto,
al borde del verso
para empezar...

Átropos

La lluvia caída en la tarde
rellena las oquedades del suelo
forma un espejo donde miro
pasar las nubes liberadas,
en busca de inmensos mares
donde rellenar sus ubres vacías.
¡Cuánto ganan las miradas,
cuando estas no son perdidas
descubriendo ignotos rincones,
bajo la niebla, de una vida sumergida!.
El tiempo, invisible, como el aire,
modula a tiempo toda superficie
transforma todo a su paso,
la montaña, el árbol, el hombre, la rosa.
La amable luz de la luna,
con su hermoso semblante,
ilumina a Átropos. Nadie sino ella permanece,
dispuestas y afiladas las tijeras,
siempre del fatídico hilo pendiente.

Aromas

El olor de las rosas se desvanece
oculto en un horizonte incierto
dispuesto a curar el pecho
cuando a la honda soledad de la noche
no llega más que negro tormento.

Va la noche hacia su muerte luminosa
y el consuelo llega con viento claro.
Estalla la mar en mis sentidos
iluminando profundos sentimientos.
Rocas emergiendo en la marea.

Alrededor, en busca de la flor,
se extingue poco a poco el aroma.
Ardiente el sol en lo alto, cubre
de esplendor hasta lo oscuro
Estrellas de la noche titilan
flotando en el mar y la rosa
volverá, cuando la necesite,
a embriagarme con su aroma.

El sol agónico

Un sol agónico, incendiado en llamas,
derrite la fragancia de las nubes,
las sombras se alargan deformando dimensiones.
Así las crestas de los montes crecen y
la tarde muere envuelta en su tristeza,
con los últimos trinos de los pájaros.
Un mirlo en su arrebato se lanza hacia el moribundo.
dejando temblorosa la rama,
entre un rumor de brisas, luces y humo desprendido
de los verdes campos asombrados.
Para no perdernos, la luna sale
arrastrando consigo la inquietud de la noche.
El sonoro silencio se instala.
En el preámbulo de la oscuridad surgen
sonidos en desorden, que auguran el fin del día.
La costumbre los hace gratos.
Serenan el espíritu ante el túnel de la noche,
en el camino hacia la nada.

Olas frías

Llegan del mar deshechas olas frías.
Rueda el tiempo.
¿Cuántas habrán llegado, igual de frías,
mientras yo solo miraba al horizonte?
Llueve sobre el agua.
La tarde va dejando suavemente las sombras.
Estas se acomodan en la arena, resaltando
las mojadas crestas de los pasos.
En el acabamiento del día
he acercado mis labios a los tuyos,
buscando la tibieza que las olas no traían.