Ochentayseismilcuatrocientos, veintiocho letras para nombrar tan sólo cinco números. Representan mucho cada día. Despertamos a lo inesperado, con afán de dejarnos sorprender por lo conocido, hurgamos en el vacío que llenándose de lo cotidiano, va descubriendo nuevas posibilidades.
Cuarentaytresmildoscientos, Numerosas letras aún, pero el indicador numérico señala, inexorable, la reducción de cantidad. Que importa ese dato, aquí el día esta en su mejor momento, no estoy para números.
Veintiunmilseiscientos, Es algo tarde ya, empiezo a estar cansado, debería tomar un respiro. Y ese número ahí, raudo hacia el final y al principio al mismo tiempo. Me sumerjo en los aromas de la tarde pensando en el número inicial, ese será otro día, de este, aún me quedan, segundos que degustar...
Funesta, fatigosa, aborrecida y odiada condición humana que has permitido, que una parte, muy pequeña de los tuyos, imponga un dominio férreo sobre el resto, alimentándose con divinales manjares, danzando y cantando en hermosos coros como sí de inmortales olímpicos se tratase, mientras quitan lo esencial a la mayoría, para mantener ese puesto en el Olimpo. ¿Hasta cuándo permitirás en tu seno, estos comportamientos? ¿Serán las parcas capaces de eliminar esa desviación, hasta que no quede semilla para poder perpetuarse? Ni los inexistentes dioses pueden cambiar la situación, pues si existieran, es probable que estuviesen de su lado. El Olimpo es grande cabemos todos y si es muy alto y da vértigo, reunámonos en la llanura, ¡es inmensa! y todos estaremos a la misma altura
Siento mis pisadas en caminos, para mi desconocidos, pero antes muy transitados, por ajetreos cotidianos, por búsqueda del placer lejano, caminando hacia el aprendizaje con pies aún delicados. Estas piedras que jalonan el camino, ahora olvidadas, eran la compañía del caminante que reconociéndolas, extraía la información que mostraban. como modernas señales en las vertiginosas carreteras. Busco en esos lugares tranquilos las huellas de otros tiempos, que me figuro plácidos, aunque no mejores. Cada paso que doy, procuro no alterar un orden que pervive aún, a otros pasos inexorables que me han permitido adentrarme en la esencia del pasado.
Levántate. No es necesario mucho equipaje tan solo un poco de entusiasmo. Libre observación, sin limites a lo inmenso sin desdeñar lo mínimo, dejando la imaginación desatada. Y así viendo que el final tan ansiado del camino aparece a cada lado de la cuneta,
¡no existe el final!
Aquí y no allá están: la gota de rocío sobre la abierta rosa refrescante, la golondrina que vuelve a su nido, la melancolía, que a borbotones, circula por venas y arterias llevándote, medio exhausto, al borde del verso para empezar...
La lluvia caída en la tarde rellena las oquedades del suelo forma un espejo donde miro pasar las nubes liberadas, en busca de inmensos mares donde rellenar sus ubres vacías. ¡Cuánto ganan las miradas, cuando estas no son perdidas descubriendo ignotos rincones, bajo la niebla, de una vida sumergida!. El tiempo, invisible, como el aire, modula a tiempo toda superficie transforma todo a su paso, la montaña, el árbol, el hombre, la rosa. La amable luz de la luna, con su hermoso semblante, ilumina a Átropos. Nadie sino ella permanece, dispuestas y afiladas las tijeras, siempre del fatídico hilo pendiente.
El olor de las rosas se desvanece oculto en un horizonte incierto dispuesto a curar el pecho cuando a la honda soledad de la noche no llega más que negro tormento.
Va la noche hacia su muerte luminosa y el consuelo llega con viento claro. Estalla la mar en mis sentidos iluminando profundos sentimientos. Rocas emergiendo en la marea.
Alrededor, en busca de la flor, se extingue poco a poco el aroma. Ardiente el sol en lo alto, cubre de esplendor hasta lo oscuro Estrellas de la noche titilan flotando en el mar y la rosa volverá, cuando la necesite, a embriagarme con su aroma.
Un sol agónico, incendiado en llamas, derrite la fragancia de las nubes, las sombras se alargan deformando dimensiones. Así las crestas de los montes crecen y la tarde muere envuelta en su tristeza, con los últimos trinos de los pájaros. Un mirlo en su arrebato se lanza hacia el moribundo. dejando temblorosa la rama, entre un rumor de brisas, luces y humo desprendido de los verdes campos asombrados. Para no perdernos, la luna sale arrastrando consigo la inquietud de la noche. El sonoro silencio se instala. En el preámbulo de la oscuridad surgen sonidos en desorden, que auguran el fin del día. La costumbre los hace gratos. Serenan el espíritu ante el túnel de la noche, en el camino hacia la nada.
Llegan del mar deshechas olas frías. Rueda el tiempo. ¿Cuántas habrán llegado, igual de frías, mientras yo solo miraba al horizonte? Llueve sobre el agua. La tarde va dejando suavemente las sombras. Estas se acomodan en la arena, resaltando las mojadas crestas de los pasos. En el acabamiento del día he acercado mis labios a los tuyos, buscando la tibieza que las olas no traían.