Naturaleza

Grandezas humanas, envidia de los dioses, 
que quisieran ser los artífices de ellas,
y es la propia naturaleza que con
su mecanismo compensatorio tiende
a mantener su esencial equilibrio,
recortando lo que sobresale o
desarrollando aquello que ella misma elige,
correctora del equivoco comportamiento humano.
Deja a los hombres libres de decidir,
creyéndose diseñadores de su destino,
complaciente al verlos en su incapacidad
de ver el juego sin conocer las reglas,
haciéndose dueño de todo,
como sí sólo lo humano existiera.
Mientras, desde su magnífica atalaya,
como cada tarde, la madre nutricia,
sustentadora de todo, se prepara
en un atardecer ardiente, a despedir el día.

Momento

Miro mis manos sobre las rodillas,
reposo la cabeza sobre el respaldo del sillón
y veo caer lentamente la tarde.
Hay un cambio en las luces,
aquella rama de arce,
iluminada por un rayo de sol
que las nubes filtran.
Sigo los saltitos del gorrión
picoteando el suelo, que,
satisfecho levanta la cabeza
y mira no sé a qué.
Los árboles aislados,
generan sombra sobre la pradera.
Una suavísima brisa
mueve las ya algo resecas
hojas del cerezo,
que vibran
como si un bóreas soplara.
Un silencio sonoro lo invade todo
en sutil orquestación.
Tardíos aromas de madreselva
me llegan lentos,
queriendo quedarse,
en esta quietud repleta.

Matinal

La primera mirada matinal
después de en la noche morirse un poco,
surge ansiosa, apurada, excitada
por agarrarse al esplendoroso día.
Un verde lo invade todo
en una mancha indescriptible
que poco a poco va mostrando
lo que contiene.
La mirada sigue inquisitiva
y se adentra por los huecos
que el rutilante color permite
deteniéndose en la rama de un árbol.
Todo está en orden
y desde la rama,
como cada día,
volar por los colores
adentrándose en sus misterios,
celebrando la vida
retomando los cielos.

Mar





Constante ir y venir.
Suavemente unas veces.
Impetuosa y golpeante otras
eres la dueña de todo.
El acantilado, quieto,
espera tu cambiante carácter
y aunque es duro,
se entrega como víctima
al altar de la insaciable demolición.
Dices que son otros los que guían tus actos,
que estás atada a sus caprichos.
Gea se queja de tantos golpes y
Eolo,
colgado de uno de sus cuernos,
se ríe y corteja a Selene.

Calles desiertas

En las calles desiertas 
las luces de las escasas farolas
dejan caer en redondo su chorro
brillante destacando como espejo
el suelo después de haber llovido.
Alguna tardía gota de agua se desprende
de la farola como gota de luz
estrellándose sobre el asfalto
reproduciendo una en mil humedades
Nadie por la calle, todos detrás de las paredes
alguna luz se atisba en las ventanas
vida interior bien preservada,
rica en soledades, amores frenéticos,
lloros infantiles, agonía de la muerte...
La vida encerrada hasta que el astro
aparezca nuevamente por donde siempre
anunciando nuevas ¡la noche se ha ido!

Atardecer del álamo

El álamo temblón en la ribera,
cuando el otoño explota en un suave colorido,
se adentra en un mundo envolvente
de magia y sensaciones.
Tiemblan sus hojas,
ahora más lentamente,
entrando en un sosiego, a la espera,
del cotidiano y diurno momento de éxtasis.
El que todo lo ilumina, también lentamente,
arrastra los últimos retazos del día
y con ello, la apresurada noche,
va invadiendo cada resquicio, aprovechando
las oscuras sombras preludió de la opaca noche.
Pero antes, como despidiéndose,
lanza los últimos rayos cargados
de una dorada y brillante luz,
que las hojas del álamo recogen,
una a una, transformándolas,
con el leve temblor,
en una lluvia dorada, envidia de Zeus.
Cada hoja recordara al luminoso
durante el letargo nocturno.
De esta manera contempla el atardecer,
el álamo temblón en la ribera.

!Por fin! La primavera

La luz blanca
De la flor del cerezo
Aumento su brillo
Con el atardecer.
Y yo lo contemplaba.

Vuela un pétalo
Con delicada suavidad
Sin rumbo fijo.
Seguro que llegara a destino.

Los brillos
De las hojas del níspero
Cuando el aire las mueve,
Forman una algarabía
De luz.

¿Se cansan los árboles
De aguantar tantas flores?
Soy yo el cansado,
Ellos se decoran
Y se me olvida mi estado.

Veo sosiego,
Calma, quietud
En el paisaje.
¿Cómo atraparlo?

Nieva bajo el cerezo
Pero distingo
Que es primavera.

El agua cristalina
Del arroyo
Mueve el canto
Pero el destino
Esta lejos.

Un abejorro
Revolotea
Una espléndida
flor de hortensia,
Y se va.

Palabras

Busco, entre la hierba,
palabras perdidas.
¡Tantas cosas dichas!
a lo largo de los años,
Muchas, repetidas continuamente,
pero ¡ay!
otras buscó con ansiedad.
No recuerdo cuando y como se dijeron,
pero quiero volver a revivirlas,
Incorporarlas nuevamente
a este equilibrio en que se mueve la vida.
Estamos hechos de sueños, pensamientos, amores...
que pierden sentido sin ellas.
Por eso busco entre la hierba,
-antes que las hojas del Otoño lo cubran todo,
y acaben, quizás, pudriéndolas,
para incorporarlas a los versos.

Simulacro

Puesta al sereno un agua clara
al rato vienen a reflejarse en ella,
estrellas, luna y hasta
las escasas nubes de
noche estrellada.
Pero aunque seamos capaces
de encerrar el cielo en un caldero
siempre será un simulacro.
No otra cosa es
cuando mirándonos al espejo
creemos estar viendo
nuestra imagen, ilusión óptica
producto del azogue, que,
en su disimulada imitación,
pretende engañarnos
sacándonos de la realidad.

Sahara

La fina y amarillenta arena
no finaliza al encontrarse con el agua,
continúa interminable el brillante color
abarcándolo todo y el inexistente mar,
que parece haberse fundido con el cielo,
amenaza, empujado por el sol,
desplomarse sobre la superficie ondulante.
Aplastante desmesura de infinitos,
que invita a frenar los pensamientos,
a dejar volar los sentidos
aspirando el silencio, sólo roto,
por la emocionada respiración.
El paisaje atrapa en su esplendor,
la dureza y altanería de lo extremo.
Un inmenso río, da una gran vuelta,
en esta inmensidad triturada
refrescando a su paso la vida,
el aire y el infinito.