Grandezas humanas, envidia de los dioses, que quisieran ser los artífices de ellas, y es la propia naturaleza que con su mecanismo compensatorio tiende a mantener su esencial equilibrio, recortando lo que sobresale o desarrollando aquello que ella misma elige, correctora del equivoco comportamiento humano. Deja a los hombres libres de decidir, creyéndose diseñadores de su destino, complaciente al verlos en su incapacidad de ver el juego sin conocer las reglas, haciéndose dueño de todo, como sí sólo lo humano existiera. Mientras, desde su magnífica atalaya, como cada tarde, la madre nutricia, sustentadora de todo, se prepara en un atardecer ardiente, a despedir el día.
Miro mis manos sobre las rodillas, reposo la cabeza sobre el respaldo del sillón y veo caer lentamente la tarde. Hay un cambio en las luces, aquella rama de arce, iluminada por un rayo de sol que las nubes filtran. Sigo los saltitos del gorrión picoteando el suelo, que, satisfecho levanta la cabeza y mira no sé a qué. Los árboles aislados, generan sombra sobre la pradera. Una suavísima brisa mueve las ya algo resecas hojas del cerezo, que vibran como si un bóreas soplara. Un silencio sonoro lo invade todo en sutil orquestación. Tardíos aromas de madreselva me llegan lentos, queriendo quedarse, en esta quietud repleta.
La primera mirada matinal después de en la noche morirse un poco, surge ansiosa, apurada, excitada por agarrarse al esplendoroso día. Un verde lo invade todo en una mancha indescriptible que poco a poco va mostrando lo que contiene. La mirada sigue inquisitiva y se adentra por los huecos que el rutilante color permite deteniéndose en la rama de un árbol. Todo está en orden y desde la rama, como cada día, volar por los colores adentrándose en sus misterios, celebrando la vida retomando los cielos.
Constante ir y venir. Suavemente unas veces. Impetuosa y golpeante otras eres la dueña de todo. El acantilado, quieto, espera tu cambiante carácter y aunque es duro, se entrega como víctima al altar de la insaciable demolición. Dices que son otros los que guían tus actos, que estás atada a sus caprichos. Gea se queja de tantos golpes y Eolo, colgado de uno de sus cuernos, se ríe y corteja a Selene.
En las calles desiertas las luces de las escasas farolas dejan caer en redondo su chorro brillante destacando como espejo el suelo después de haber llovido. Alguna tardía gota de agua se desprende de la farola como gota de luz estrellándose sobre el asfalto reproduciendo una en mil humedades Nadie por la calle, todos detrás de las paredes alguna luz se atisba en las ventanas vida interior bien preservada, rica en soledades, amores frenéticos, lloros infantiles, agonía de la muerte... La vida encerrada hasta que el astro aparezca nuevamente por donde siempre anunciando nuevas ¡la noche se ha ido!
El álamo temblón en la ribera, cuando el otoño explota en un suave colorido, se adentra en un mundo envolvente de magia y sensaciones. Tiemblan sus hojas, ahora más lentamente, entrando en un sosiego, a la espera, del cotidiano y diurno momento de éxtasis. El que todo lo ilumina, también lentamente, arrastra los últimos retazos del día y con ello, la apresurada noche, va invadiendo cada resquicio, aprovechando las oscuras sombras preludió de la opaca noche. Pero antes, como despidiéndose, lanza los últimos rayos cargados de una dorada y brillante luz, que las hojas del álamo recogen, una a una, transformándolas, con el leve temblor, en una lluvia dorada, envidia de Zeus. Cada hoja recordara al luminoso durante el letargo nocturno. De esta manera contempla el atardecer, el álamo temblón en la ribera.
Busco, entre la hierba, palabras perdidas. ¡Tantas cosas dichas! a lo largo de los años, Muchas, repetidas continuamente, pero ¡ay! otras buscó con ansiedad. No recuerdo cuando y como se dijeron, pero quiero volver a revivirlas, Incorporarlas nuevamente a este equilibrio en que se mueve la vida. Estamos hechos de sueños, pensamientos, amores... que pierden sentido sin ellas. Por eso busco entre la hierba, -antes que las hojas del Otoño lo cubran todo, y acaben, quizás, pudriéndolas, para incorporarlas a los versos.
Puesta al sereno un agua clara al rato vienen a reflejarse en ella, estrellas, luna y hasta las escasas nubes de noche estrellada. Pero aunque seamos capaces de encerrar el cielo en un caldero siempre será un simulacro. No otra cosa es cuando mirándonos al espejo creemos estar viendo nuestra imagen, ilusión óptica producto del azogue, que, en su disimulada imitación, pretende engañarnos sacándonos de la realidad.
La fina y amarillenta arena no finaliza al encontrarse con el agua, continúa interminable el brillante color abarcándolo todo y el inexistente mar, que parece haberse fundido con el cielo, amenaza, empujado por el sol, desplomarse sobre la superficie ondulante. Aplastante desmesura de infinitos, que invita a frenar los pensamientos, a dejar volar los sentidos aspirando el silencio, sólo roto, por la emocionada respiración. El paisaje atrapa en su esplendor, la dureza y altanería de lo extremo. Un inmenso río, da una gran vuelta, en esta inmensidad triturada refrescando a su paso la vida, el aire y el infinito.