Un amanecer claro,
con fondo de Aurora,
la alondra, alocada canta
y sube haciendo espirales,
sin presagiar el destino,
en busca de silencios ausentes
escondidos en ignotos territorios.
Cae una prematura hoja del árbol.
Inverso vuelo, a la espera de besar la tierra,
desprendiendo su alma vegetal,
clorofila ausente de vidas forestales.
Enigmático destino, el agua la recibe,
suave sobre su móvil lecho.
Imperceptible acuoso tacto.
Savia de la tierra que trinando pasa.
Espejo de la luna en la noche,
plata en mil escamas desgajada.
Trituradora de cantos en el fondo.
En un remanso y en remolino,
la hoja gira y gira en el abismo de la nada,
mientras la alondra, cortando el azul,
en silencio pasa.
El sol del mediodía presagiaba tormenta
un gris metálico iba invadiendo todo.
El viento llevaba y traía las hojas,
que el otoño había olvidado,
o dejado a modo de recuerdo,
y se encendían con los últimos rayos.
Los animales, en el atardecer prematuro,
volvían directos al establo.
Las ramas desnudas de los fresnos,
susurraban con el viento,
al murmullo del agua en el arroyo.
La contraventana de la casa golpea,
contra la pared, su rama ya olvidada.
El tiempo pasa irrepetible.
Regresa con fuerza la memoria
dispuesta, de la música, a recoger
los últimos, casi imperceptibles, acordes
de la cuerda, en la novena de Mahler,
que se extinguen en un final...
He llegado con esfuerzo
ante tu porte imponente,
deslizo mi mano
sobre tu arrugada corteza
y me aferró a ti
en un abrazo desigual.
Dicen que es bueno
sentirse uno con los árboles,
¿Con todos?
Te veo diferente.
recto, equilibrado,
sobresaliendo tu copa
por encima de los otros
para ver el algodón verde del bosque
Te cimbreas
cuando sopla el fuerte viento,
esquivas el rayo
cuando este amenaza,
dejas que la lluvia
se deslice por tu tronco
hasta llegar a las raíces,
para luego,
subir fortalecida
en vivificadora savia.
En el letargo invernal,
te dejas vestir
por un suavísimo manto
de impoluta nieve.
Cuando paso a tu lado
busco tu mirada
y mi complacencia.
Aspiro tu olor,
te siento respirar.
Y con un leve asentimiento,
de tu copa,
me dejas, por un momento,
aspirar tu savia vital.
Cuando el día se incendia
con la enigmática hoguera del ocaso,
la noche se adentra entre los árboles,
como salida de las ocultas raíces,
y surge la alegría en las estrellas, colgadas
de la ramas, por la lluvia ya pasada,
como un firmamento cercano y fijo,
a quien las estrellas miran admiradas,
creyendo verse en un espejo iluminado.
Dos firmamentos enfrentados.
Las estrellas quieren ser gotas
y acercarse más al árbol.
Las gotas suspiran por estar altas
y contemplar desde arriba al mundo,
que contiene su universo cotidiano
Atravieso el bosque
después de haber llovido.
Húmedo mundo de brillos,
de impacientes gotas,
que estáticas titilan a la espera
de un destino truncado,
El sol se inmiscuye entre las hojas,
biselando la luz de
las inquietantes gotas,
que terminan desprendiéndose,
abismándose solas,
sin pertenecer a nada,
en un infinito de secas hojas.
Rompiéndose en mil brillos,
desechos del cuerpo de agua
Triste se pasea la mirada en la noche,
cuando la luna no sale,
saltando de una estrella a otra,
formando constelaciones inexistentes,
preguntando con temor a la noche,
en la radiante unidad celeste,
sin que se entere el silencio.
Brilla el silencio en sus soledades,
estanque nocturno donde se reflejan,
temblando luces que no se mueven,
con ondas, si alguien una piedra arroja.
Abismo nocturno del negro cielo.
Sin nube o humo que acerque distancias.
Del reflejo trémulo del inmenso lago,
sentimos temor a no alcanzar sus lados.
Debilidad del hombre, ¡tan alejados los dioses!
busca, en los astros, que aquellos manifiesten
señales, en arcanos escritos. Arúspices, augures,
astrólogos merodean por las calles, ofreciendo
interpretarlo todo, al gusto de los comensales.
La noche hace un guiño a la aurora
y esta sale.
Entre ramajes de árboles asolados,
la calma repentinamente tomó posesión,
Calma de aire tibio y meditativo.
Intenso instante de la imaginación,
a la espera, prediciendo lo que acontece,
lo que en posibilidad puede llegar a ser,
distanciándose la realidad de lo imaginado.
Firmes los árboles a sus profundidades,
Se yerguen compitiendo en altura,
extendiendo sus ramas como brazos,
a la brisa que rompe la calma
e inician un baile pausado.
La vida, la existencia es esto.
Muchos días, día tras día. El decorado
también se repite y se repetirá, al final,
de los días, a cada uno asignados.
El árbol moviendo sus ramas,
al sentir el empuje del aire,
aquella nube que ligera pasa
y parece que ya la vi antes.
Y el pensamiento, movido,
por un viento huracanado,
pasa alocado como la nube
y parece que ya lo pensé antes...
De un fanal, ya en la orilla
donde el mar le brinda su herrumbre,
aún luce mortecino su fulgor,
nacarando de una libélula el ala,
como una incipiente alba imaginada.
Perdido el oficio en la popa
de buques en mares encrespados,
iluminas, como un cirio, la penumbra,
cediendo eco íntimo que atesora,
herida de luz la sombra asediada.
En esplendor lo oscuro ha quedado,
claridad vehemente e irisada,
devuelves pronto al escenario
el rostro radiante de las sombras.
Deslizo la vista sobre un campo de luz,
al que da color un frío y tenue sol,
lleno de formas vagas y confusas
que se vislumbran entre la neblina,
como saliendo de un oscuro sueño,
región caótica y sombría,
a la espera de despertar
en la nitidez de las cosas.
El hilo enrollado en el ovillo
ansias tiene de lienzo oscilante,
pero guardado, sin airear, en el armario queda.
La rosa, por unos rayos del sol de febrero,
animada a exponer su color y aroma sale.
Cuando el aroma extasía a los insectos,
una nieve envidiosa trunca su talle.
Como imitando al vecino, un abedul,
joven a la orilla del camino, se estira
a alcanzar las copas de los que iguala,
sintiendo ya casi el aire en sus hojas.
Con las últimas lluvias, el terreno se ha deslizado,
truncando la vertical que el árbol aspiraba.
Extasiado, a la espera del encendido ocaso,
que el sol en escarlata viste en su caída,
llegada la nostalgia en compañía,
unas nubes lo tornan en fracaso.