Hay aquí paz para los ojos.
La leve luz de la tarde cae lentamente
desvaneciéndose en el aire,
dora las hojas que ansiosas suspiran
por un roce de la rama o una
imperceptible brisa que,
las deje caer y volar por el valle.
Los ya tímidos rayos, escasos de luz,
juegan a descender con las hojas,
como antorchas a apagarse en el río.
Depositadas, sin perturbar la corriente,
van raudas sin destino.
En un árbol de la orilla, en la desnuda rama,
un mirlo, extasiado como yo,
añade sonido al lento latir de la tarde.
Al alba,
cuando las formas de las cosas
aparecen al punto que la noche retrocede,
después de cubrir de oscuridad
todo lo que la luz resalta quedando solo
retazos en las sombras,
asido a tu mano despierto
a la certeza del día.
Es breve el tiempo para el cambio de las sombras
cuando en el cielo la abundancia es de nubes
y el sol,
sin la fuerza que lo caracteriza,
se mezcla y funde en un silencio nublado,
dispersando, así,
los grises de las sombras.
Impulsados por la generosa naturaleza
y entregados a todo lo que en ella acontece,
arroja una luz totalmente diferente a cada instante.
Observo el vacío que dejó una hoja de abedul.
Hace un rato se movía frenética ante un soplo de viento.
Ahora el vacío ni siquiera ha suplido el color que tenía.
Justo más abajo, en el suelo, junto a otras reposa.
El oro del último crepúsculo,
silencioso,
entra por la ventana.
Ya no tiene ansias de Alba.
Esta Ofelia, en la mañana,
sin darte cuenta, recogió
todas las flores de su guirnalda,
con suave brisa caminó lenta,
hacia dónde cae la tarde.
El oro ciega los ojos.
Se va el perfume de las flores.
El silencio de la luz calla.
La vida se queda quieta,
mientras, la noche aguarda
Convivimos a todas horas con ellas
Entramos por ellas y salimos,
Diferentes opciones y también posiciones.
Para entrar se muestra agradable, vistosa.
Para salir algo más anodina e indiferente.
Las hay para dar en las narices,
con el consiguiente enfado.
Las hay sin retorno:
Coge la puerta y vete, no vuelvas...
También las que invitan a respirar:
hay que abrir puertas y que circule el aire.
Para enfatizar un enfado:
Se marchó dando un portazo, (en estos casos
siempre es buena la fortaleza de la madera).
Hay puertas que se cierran por grandes periodos:
La cárcel, la clausura, la prohibición...
¡Ansiosas de ser abiertas!
Todo se dilucida de puertas adentro,
negando la salida al exterior.
Suele ser lugar de encuentro y despedida:
desde el umbral de la puerta dijo adiós,
donde antes fue bienvenido.
Los hay que son tan amantes de las puertas,
que se las quieren poner al campo.
En un afán de optimismo,
dejó las puertas abiertas.
Algunas chirrían en sus goznes
y algunas veces se salen de quicio,
pero sin mayor trascendencia.
Son tan cotidianas, que no nos damos cuenta,
que tienen lenguaje propio.
Por eso al salir cierra la puerta...
Cae lluvia,
suave,
escasa,
ligera,
en un cielo gris,
sin presagiar nada,
sobre el encendido bosque.
Una hoja,
en el resplandor de la vejez,
sirve de cuenca
a tan delicado caudal,
que acariciando el valle
llega sereno al ápice.
Lentamente
va creciendo
y se deja caer
en un vuelo enérgico,
adentrándose
en el espejo de igual naturaleza
deformándolo.
Hasta el infinito
https://youtu.be/CgmZAppcvLA?si=jTr9HAWIF4wzrYPT
Se ha adentrado el otoño
imperceptiblemente.
Quiero ver los colores del bosque
por si coinciden con los que
en mi mente tengo acumulados:
encendidos dorados y ocres
que desprendiéndose de las ramas,
alfombran decorando todo el suelo.
He oído llegar el otoño silbando
sus ráfagas de aire, azotando
contra los cristales algunas hojas
de abedul de un verde descolorido
y algunas gotas de lluvia que
lamen y descienden por los cristales.
Acerco la mirada al paisaje
hasta hallar la menuda diferencia
que separa unas hojas de otras,
unos árboles de otros, antes
en un amasijo de grises y verdes,
sin contornos definidos.
Distancia en la que los sonidos,
surgen y se perciben más nítidos:
las metálicas hojas, perdida su humedad,
crujen al ser rozadas por el viento;
Algunas gotas caen sobre
las hojas del suelo en un sordo quejido.
El pájaro mueve la rama al iniciar su vuelo
y se escucha, tenue, vibrar la rama.
Queriendo mirar los colores del otoño
acabé escuchando sus sonidos.
En la noche,
en la anchura sin límites del cielo,
antes que los restos de la luna
menguante se instalen en lo alto,
como migajas caídas de una mesa,
en una eternidad cayendo,
flotan en lo oscuro las estrellas.
Enigmáticos agujeros en el telón de la noche,
vislumbrando otro lado claro y luminoso,
tan lejos que ni pueden en el río reflejarse
ni iluminar, como la luna,
las oscuras y cercanas veredas.
Vuestras repetidas posiciones sirven
para iluminar otros caminos, pero
nada como extasiados, en la noche,
contemplar el titilar de la exigua luz,
en el abismo de la oscuridad.
Cubre tu cuerpo parte del horizonte
Interrumpiendo el inmenso acuoso,
A cada lado las olas partidas,
reparten por igual la espuma blanca.
Altivas y silenciosas pasan las nubes,
que no cubren del todo el cielo,
derramando azules estivales
ensartados en lanzas doradas,
brasas incendiando la arena.
Un intenso perfume a mar,
acompaña a una corriente de sudor
que sube desde el fondo de la arena ardiente,
en una prisa interna, desaforada,
como un mar interior de alocada ola,
rompiendo en los acantilados,
entre labios y dientes, en un beso,
infinito y permanente
En la oquedad vacía del olvido
donde van los recuerdos
a vivir otra vida en la sombra,
solo quedan resonando restos,
como ecos de un silencio dilatado.
Con prestas manos intentamos,
juntar restos y ecos en un todo,
nostalgia revivida de un pasado
horizonte de manos que ilumina
un crepúsculo de oro confinado
que aprovecha las sombras para irse.