Tras el cristal de la ventana llueve. Grises nubes cubrieron el cielo negreando el día, acercando con rapidez la oscura noche. Un frenético viento azota y cimbrea los árboles al compás de la lluvia, el extremo de una rama, sin hojas, roza el cristal de la ventana, añadiendo un atemperado acompañamiento, a las gotas que bailan en el suelo. La tarde se consolida en un horizonte anubarrado, sumando grises.
Entre los bordes de unas nubes, en su impetuoso impulso a mezclarse y oscurecerlo todo, los últimos rayos, sacados del horizonte, pintan de cárdeno el cielo.
El hombre camina,
ahora en tierra firme,
entre las casas apretadas, calle abajo,
en un suelo de cantos incrustados,
por donde circula el agua sin mojarse.
Llega a las grandes losas talladas
que circunvalan el puerto.
Al fondo negro y solitario
al borde del agua el noray espera.
Sobre él se sienta con mirada lejana
en busca de un horizonte donde detiene la vista,
en un cielo por el que corren nubes
que semejan veleros surcando mares….
Los últimos colores de la tarde van cayendo.
El horizonte se difumina en oscuros.
La mirada se acerca henchida de nostalgia.
Con el extremo del bastón recorre
la unión de dos losas del suelo,
se detiene en dos escamas de peces
que brillan adheridas, como estrellas,
al encenderse el sol de una farola.
Ese ayer que es hoy y que era mañana,
que ya nadie volverá a ver caminar
por calles que devoran los presentes,
a la espera, de un impuntual porvenir,
se llevó todas las ansias acumuladas,
proyectos inconclusos de:
"esto lo dejo para mañana".
Río raudo y poderoso,
creado gota a gota entre los montes.
Sobre sus aguas, desciendo,
ruta y sendero hacia la mar,
contemplando, al definitivo pasar,
sus ansiadas márgenes
orladas de frondosos árboles,
repletos de pájaros cantores.
Más adentro la florida pradera,
edén del ganado pastando,
acorde lento de esquilas y aromas,
donde brotan violetas perfumadas.
A lo lejos azulados montes,
oro fundido los crestones calizos,
por el frío sol de la tarde declinando
Quieto e impasible espero,
en el aire, el tiempo ir pasando.
Los árboles inclinan su hermosura
sobre espejos que nunca los reflejan,
azogue de apresurado paso,
ensimisma el movimiento y su sonido,
dejando, en las orillas, esparcidos ecos
que la primavera, resurgiendo, escucha,
en el ardor dulce de un mediodía.
En un ribazo y en calma, el agua
espejo se forma bajo la fronda,
a la espera que el árbol Narciso vea
de sus ramas, moverse las hojas
y aunque no es tiempo de secas caerse,
una verde hoja, desciende en el aire,
quedando en la superficie resplandeciente,
dádiva arbórea hermoseando la primavera.
Suelta la nube, libre en sus contornos,
pasa ligera rumbo a disiparse,
ser tragada por la luz, que la ilumina,
por la tierra que la crea, cuando
el sopor del sol, arde el húmedo bosque
incendiando de humo toda la fronda,
desguazando el agua indefinida
en figuras de formas distraídas.
Incluida en la vastedad del paisaje,
en el invertido mar navegas.
Imponiéndose un azul intenso,
tendido hacia su propia calma.
La luz ajada del otoño, tornasola
en el ocaso, los límites de tu forma.
Las hojas más altas de la copa,
donde la luz temblando se resiste
a dejar en penumbra el entorno,
del haya orgullosa entre la fronda,
despiden al sol que se entrega al abismo.
Las sombras invaden el espacio,
y es momento de dejar que los sueños,
etéreos e incorpóreos, como ellas,
rememoren, endulzando, lo pasado.
Cogido al sueño de la mano,
recorro la mañana refrescante,
donde cada gota de rocío
es un mar inmenso y navegable.
Al mediodía, sin sombras, el sol
en lo alto, está dispuesto a quedarse.
Soñando que es un sueño,
cierro los ojos un instante.
Cuando los abro veo, el árbol
en sombra larga estirarse.
Despacio, con desgana y triste,
el sol, emprende su crepuscular viaje
a la Aurora y su mañana busca...
Cómo hacer un poema
Si faltan las palabras.
Ante tanto horror
no cabe aferrarse al paisaje,
este no existe.
Ni apelar a la naturaleza,
esta está agonizando.
Cómo ver aves volar,
estas se han ido.
La rosa no despliega su aroma,
esta se ha marchitado.
¿Cómo mirar la luna que el sol ilumina,
si sobre el velo negro de la noche
hay otra noche aún más oscura?
¿Puede alguien compararse con el viento?
Azul sin tener color cuando se expande por el cielo.
Húmedo cuando llueve y se escabulle entre las gotas.
Verde acariciando las hojas del bosque.
Amable cuando hinchando la blanca vela
desliza la nave sobre las arrugas de la mar.
Se hace suave brisa que refresca a la diminuta hormiga
subiendo afanosamente por el tronco del árbol.
Mueve la flor, ayudando a expandir su polen
llevando la fragancia, también trasparente,
hasta inusitados y recónditos confines.
Sientes su caricia, cuando hace calor y te refresca.
Huyes, cuando gélido, atenaza el gesto en la cara.
Viajero de todos los confines a donde llega.
Impetuoso muchas veces doblegando árboles.
Revolviendo a su paso todo lo que encuentra,
indicio único de su existencia.
Invisible como los dioses.
Benévolo y dulce final de vida.
Y cuando notamos su ausencia, parado está,
a la espera que nosotros lo provoquemos
con nuestros alocados movimientos,
para sentirlo refrescante en nuestro rostro.
En la algarabía del bosque
unas urracas, revoloteaban por el aire.
Tenues sombras de difícil distinción
insertan, unos colores en otros,
dando paso a la espesura.
Una urraca se ha posado en un árbol.
El aire mueve hojas caídas en el suelo.
Algo hace tronchar una rama.
El sonido de la luz al atravesar la espesura.
El rutilante verde del musgo y
el ruido del insecto al subir por la corteza.
Parece que el tiempo aquí no transita.
Todo sucede, se agita, se altera...
Mientras yo camino alimentando la nostalgia.
Una bandada de gaviotas
se levantan del montón de basura.
Restos de desperdicios en el pico.
Oscuro el ocaso apaga su fuego.
Serpientes de niebla se arrastran
envolviéndolo todo.
Las incipientes luces de las farolas,
tenues, iluminan su entorno.
Amontonadas ventanas
encienden sus interiores.
Se oye llorar a un niño.
Entre la escurridiza niebla
se siente la voz y la tos de un hombre.
Más tos que voz. Alternantes.
Al pasar por debajo de la farola
se ve que va solo. Habla con la tos.
Y esta le dice: coj, coj, coooooj...
Agarrado a la farola responde:
¡maldito catarro!