La ondulada agua del río parece quieta en su vorágine, cuando el sol enciende su superficie y desde la parada e inmóvil orilla, plena soledad sin ondas, un solo árbol contempla inquieto el incendio. Lleva tiempo preguntándose ¿Adónde va el río tan constante? Ni desde las ramas más altas logra ver el ansiado destino, una vez el viento arrancó una rama y la vio flotando en el agua y alejarse. ¿Adónde va el río tan constante?
Desde una rama un mirlo, al dorado atardecer cantaba, a falta de aire las hojas cercanas se mueven, agradeciendo al mirlo su balada.
Un gélido azul se fundió en gris, conforme avanzaba, la oscuridad fue invadiendo todo a su paso. Desapareció la percepción de lo lejano y lo cercano no era más que un abismo oscuro. El parloteo ruidoso de los cantos rodados, en las invisibles aguas del arroyo, rompen el silencio de los aromas de las adelfas, acompañan al vacío oscuro, como el canto enigmático de la curuxa, un ladrido de un perro en lejanía... Hasta que salga la luna y su corte de estrellas, el abismo oscuro se llenará de silencios.
Es de noche en el erg. En el borde inestable de una duna, brilla insistente por los no rayos de la luna, un diminuto grano de cuarzo, que indiferente ante la vasta lejanía, admira desvanecerse en la oscuridad el brillo de otros granos, ¿de igual naturaleza e iluminados por iguales silenciosos resplandores? La fugacidad del tiempo parece detenida. De la oscuridad un brillante cuarzo ha caído. Con esas brisas estelares, en la duna, se mueve el borde arenoso y la estrella brillante, se desestabiliza y rueda duna abajo. Desvaneciéndose.
Temprano en la mañana cruzo la ciclópea puerta de los leones. El gris de la caliza aún no reverbera, por el calor que pronto ha de surgir de un sol que amarillea el cielo azul. La magnificencia de la puerta deja pequeñas las estancias donde habitaron los micénicos. Sobrevuela la ciudadela un águila, justo para pensar que el dios está regresando. Dejo al pensamiento volar como ella al intentar extraer la magia del mundo pétreo. Cuesta distinguir la ciudadela del gris promontorio donde está situada. La puerta, grabada en la mente desde niño, como para confirmar la memoria, surge ahora más grande y bella.
De la reluciente llanura argiva, el viento trae, olor dulce a naranjas maduras.
Las nubes sonrosadas con bordes luminosos al vacío quedan estáticas contemplando, como el alba, elimina sombras de las rocas. Desde el mar de una gota de rocío sobre la rosa tímida en la mañana, despliego velas blancas de mi barco, si el aire sopla blandamente, al navegar en el paisaje que la aurora ha pulverizado de diminutos soles y la rosa adornado con aromas.
Al igual que el sol, en los límites del monte pierde solidez en alguno de sus rayos y los otros, como queriendo suplir su falta, parece que la incrementan y más que esconderse en las sombras, parece que sale en la mañana tras la aurora. Así la vida en sus atardeceres, muestra signos de euforia para después arrebatarla y dejar que se deslice al otro lado de la montaña.
Los días de alción son templados y tranquilos. Un dios sol brillante y sangriento, reflejado en cualquier playa no es un misterio. Los límites de todo se han desvanecido. El mundo se manifiesta en toda su crudeza, ante la arrogancia humana de ser dios, tratando de agarrar y asir el más allá, el dios eternamente inalcanzable. Pero, éste hace una tregua, en el vano esfuerzo, templando y amainando los vientos, para que el Martín pescador, rehaga y ordene su nido
En un resplandor de pura nada, se extendía en el cielo la constelación. Un puñado de puntas de daga brillando en el silencio opaco de la noche. Lo distante parece que se vuelve cercano, pero no resuelve el enigma, son zafiros que delimitan la noche en su vacío sin límites, donde, avanzamos a tientas y esas luces dagas, no indican destino, tan solo entretienen el camino.
Tarde invernal de primeros de marzo. Las nubes grises, de tan juntas, han pintado el cielo de un continuo gris metálico y se han atrevido a mojar las primeras flores asustadas del cerezo con una lluvia fina e imparable. Enfrente, en la ladera y debajo del calcáreo roquedo, los árboles aún desnudos forman una masa oscura que se va también, como el cielo, compactando en un oscuro color, con algún atisbo de verde, mientras cae la tarde de manera anodina. Guardo en la memoria otros coloridos atardeceres, de los que mi retina revive para darle algo de color a una tarde invernal de primeros de marzo.
Todos allí unificados, en igual naturaleza, en igual compostura, en el mismo recinto. Antes cada quien, pensaba, hacia, reía, amaba, planificaba... Ahora, la máquina de igualar, que nunca se para, transforma a todos en la misma nada. No hay posibilidad de juntar partícula a partícula La forma ha desaparecido, ningún Fidias con sus inimitables manos, podría recuperarla. Ahí se quedo todo, en un barro nutricio, dador y alimentador de otras vidas, las que ni siquiera sabrán quien aportó y que, para que todo siga existiendo. Así fue también con los que ahora son barro y tampoco se dieron cuenta del origen.