Miro mis manos sobre las rodillas, reposo la cabeza sobre el respaldo del sillón y veo caer lentamente la tarde. Hay un cambio en las luces, aquella rama de arce, iluminada por un rayo de sol que las nubes filtran. Sigo los saltitos del gorrión picoteando el suelo, que, satisfecho levanta la cabeza y mira no sé a qué. Los árboles aislados, generan sombra sobre la pradera. Una suavísima brisa mueve las ya algo resecas hojas del cerezo, que vibran como si un bóreas soplara. Un silencio sonoro lo invade todo en sutil orquestación. Tardíos aromas de madreselva me llegan lentos, queriendo quedarse, en esta quietud repleta.
Precioso poema. El sonido de la vida.
Me gustaMe gusta